Los que cuidan el mundo viven en el monte

Los campesinos embutidos en chaquetas acolchadas levantan
la vista y preguntan ¿qué esperan encontrar en nuestra tierra?

John Berger («La llanura Maritsa»)

José Godoy Berrueta

Ojarasca                                                                                                                                       PDF

Noviembre 2005

Luis Ayala: El Padrino

Luis Ayala: El Padrino

El modo de vida campesina-indígena tiene una perspectiva y un saber ancestral para el cuidado de su riqueza natural y espiritual. Pero el capitalismo ha impuesto, en lo económico y político, modelos tecnológicos para «preservar» y aprovechar los territorios indígenas promoviendo plantaciones, planes de manejo, individualización y comercio de la tierra, registros de propiedad de fuentes de agua, biopiratería, semillas transgénicas y ecoturismo. Todas estas maneras de reordenar el territorio resultan homogenizantes; aíslan y fragmentan la relación de los pueblos con su entorno y la base ecológica que la sostiene. Liquidan las estrategias de cuidado que desde hace siglos guardan estos pueblos y sustituyen sus saberes ancestrales de cuidado por conocimientos profesionalizados. Con esta lógica, los saberes indígenas pierden su función social, se fragmenta la visión de los pueblos y éstos quedan sometidos al mercado.

Lo grave es que estamos ante el fracaso ecológico de la civilización urbana industrial de consumo, y los únicos especialistas en la conservación y el cultivo viven en las selvas y los bosques –y miles de años de experiencia los respaldan.

Para revertir tal fracaso, requerimos librarnos del modelo capitalista de hacer conocimiento en el ámbito ecológico, y potenciar la visión integral que los pueblos y comunidades tienen de los territorios –con bosques, agua, cultivo del maíz y autogobierno.

Los campesinos indígenas ejercen una perspectiva humana, política y ecológica vital para nuestro futuro e insisten en que pertenecen a la tierra. Y que el agua, el fuego, el maíz y el bosque son seres vivientes que permanecen y conviven con nosotros. Que no son mercancías al servicio de los intereses de unos cuantos.

Hoy es nuestra tarea concreta defender el derecho de los pueblos a autogestionar integralmente su territorio como lo han hecho ancestralmente. Potenciar la historia de relación de los pueblos con su territorio es tal vez una alternativa a la civilización urbana, que ya se ve que no va a ser eterna.

En el proyecto civilizatorio capitalista el territorio tiene que padecer que lo midan, lo aprovechen, lo investiguen, lo exploren, lo prospecten, lo manejen. El territorio deja de ser sujeto que vive un ciclo interminable, una relación que comparte y renueva con la gente y su vida, para ser objeto de un desarrollo lineal que culmina cuando es descobijado de sus recursos y aprovechado para beneficio de otros que no son quienes lo viven y cuidan: ¿a cambio de qué?

Con las nuevas políticas internacionales, está programado vaciar el campo de campesinos para que éstos se conviertan en mano de obra de maquiladoras y se sumen a los cinturones de miseria de las grandes ciudades. Pero vaciar de gente el campo es retirar del ámbito rural no sólo a quienes producen alimentos para las ciudades, sino a quienes –cuidando desde siempre sus territorios–, han logrado conservar el bosque, el agua y el maíz.

Se podría pensar en una similitud entre en el traslado de la gente del campo a las ciudades y el traslado de esclavos de África a América en el siglo XVI, pues en ambos casos hay un crucial desarraigo del saber y del sitio que la gente considera su hogar. Es decir, la gente no sólo abandona un sitio sino también su forma de interpretar el mundo y vivir en éste.

Pero es más que un paralelismo. La migración actual de campesinos del campo a la ciudad es en realidad el complemento al movimiento de esclavos de antaño, es la continuidad histórica de un vaciamiento de los territorios rurales para su predación más acabada. Y no es sólo lo que el abandono del territorio y el saber provoca en la gente. El territorio queda abandonado, «expulsado» de su relación milenaria con las comunidades que lo conocen, lejos del calor de las manos que lo trabajaban y cultivaban, que son sustituidas por máquinas y ordenamientos que fragmentan y devastan.

Defender que los campesinos mantengan su forma de vida, generando su propio trabajo y alimento, sin migrar, es defender entonces la tierra y su pro-piedad colectiva. Es defender la relación ancestral de la gente con su territorio y la posibilidad de que los pueblos intenten soluciones a sus problemas. Eso, a fin de cuentas, es la mejor manera de cuidar ecológicamente el mundo. Intentar romper la relación entre la gente y la tierra fue una de las causas principales de algunas revoluciones del siglo XX en México y el mundo.

La fragmentación del territorio en propiedad individual de la tierra, promovida por el Banco Mundial, los gobiernos nacionales y sus programas, hace imposible el ejercicio integral comunitario del bosque y escinde a los pueblos de su cuidado del agua. Con el pretexto de la «seguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra», únicamente se garantiza la inversión privada y el saqueo.

En México la gran mayoría de los bosques son resguardados por los pueblos indígenas y mantienen una propiedad y un cuidado colectivos, pero qué soberanía tendrán los pueblos cuando la conservación de sus recursos esté regulada por el precio de los bonos de carbono y de servicios ambientales hidrológicos en la bolsa de valores de Nueva York. Cuando el control económico de fragmentos de su integralidad ecológica esté secuestrada por patentes, certificaciones, contratos con empresas, dependencia de las transnacionales productoras de semillas transgénicas, y cuando que los «servidores públicos» llegan con los campesinos e indígenas con programas elaborados en oficinas nacionales e internacionales, promueven leyes y normas, sin entablar un diálogo ni una construcción conjunta. Como dice la gente de las comunidades: «ahora tenemos que pagar fertilizantes y predial para cultivar la tierra y obtener nuestra comida; parece que trabajamos para ellos y nos están ahorcando para luego venirnos a ofrecer un par de programas como subsidio, papillas y una mala educación».

Ni la conservación, ni el manejo integral de los bosques, ni la reactivación económica del campo llegarán por estas vías dispersas. En este camino la gente de las comunidades no cuenta, si acaso estorba el gran negocio, por eso la farsa de hacerlos cómplices de la destrucción del planeta mientras se planea cómo expulsarlos.

Baste recordar los ejemplos de gen-te que renta sus tierras en Jalisco para el cultivo de agave o papa a grandes empresas, y la devastación que dejan tras explotarla al máximo: suelos desgastados, enfermedades y pobreza en la población, en lugares que fueran bosques y tierras fértiles.

A como va el mundo, hay mucha probabilidad de que, de aquí a unos treinta años, en el corto plazo, los campesinos no sobrevivan a tanto embate. Pero visto en una perspectiva de largo plazo (hacia atrás, a los 10 mil años de historia del maíz, por ejemplo, y hacia adelante cuando los alimentos escaseen), la cultura y la civilización de los sencillos pobladores del campo tiene mucho más futuro que la propuesta urbana de políticos, empresarios, industriales y narcotraficantes instalados en el consumo permanente, vertiginoso e insaciable.

Los antepasados son gramaticalmente los que han sido para que el presente, nuestro presente, sea. Ellos han heredado y son el agua, la tierra, la semilla y el árbol, así individualmente o el bosque y el fuego.

Los antepasados son historias del presente narradas en otro tiempo. Para el capital o que ha sido no produce nada para nosotros lo que ha sido guarda la semilla del futuro y es el presente. Los antepasados se narran son presentes perfectos consumados indispensables para comprender lo que nos pasa y están más vivos que nunca así colectivamente con la tierra.

 

 

noviembre 1, 2005

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