Maíz, Contaminación transgénica y pueblos indígenas en México.

Aldo González Rojas

Para la gente de los Pueblos Indígenas de Mesoamérica, el maíz es nuestra sangre, nuestros huesos, nuestra carne. Sin maíz no somos nada, un pueblo sin maíz es un pueblo muerto. Por eso no vamos a permitir que desfiguren al maíz, que le quiten su esencia, que lo maten, que nos maten. Quienes queremos al maíz creemos que renacerá la dignidad, que los guerreros tendrán como lanza su instrumento de labranza, que nuestros hijos e hijas, sus hijos e hijas y así consecutivamente, disfrutarán del fruto de la madre tierra que nos dejaron los abuelos.

La contaminación del maíz descubierta en la Sierra Juárez de Oaxaca, México, en el año 2001, es un hecho lamentable que no debemos pasar desapercibido. Es una herida profunda que pone en riesgo a la humanidad entera y solo beneficia a las grandes corporaciones transnacionales que hoy nos quieren imponer un modelo de consumo que privilegia sus intereses.

Este no es un documento académico, es más bien una breve referencia al tema, para que quien se interese se motive a investigar más. Tampoco está libre de ideologías, trata de reflejar la posición del indígena que quieren desaparecer. Estas líneas se escribieron para que nos asomemos a ver la magnitud de la desgracia que nos han echado encima, ya cada quien sabrá qué hacer cuando las lea.

Aldo González Rojas

Coordinador del Área de Derechos

Indígenas de la UNOSJO, S. C.

 

La Situación del maíz en México.

Imagínese la vida sin maíz, o sea: sin tortillas, tamales, atole, elotes, tacos, totopos, pozole, memelas, nicuatole, molotes, tostadas, empanadas, flautas, tlacoyos, etc., etc. Estamos tan acostumbrados a comer alimentos hechos con maíz, que casi nadie se pone a pensar en lo importante que es para nosotros. Total, es lo que siempre hay en la mesa.

Pero el maíz no siempre ha existido. Fue hace alrededor de diez mil años, cuando los hombres y mujeres que vivían en el territorio que hoy conocemos como Mesoamérica (entre México y Panamá), encontraron una planta silvestre parecida al maíz que les gustó y comenzaron a sembrarla. En las cuevas de los valles de Oaxaca (Guilá Naquitz) y Tehuacán, se han encontrado algunas de las muestras más antiguas.

El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas nos dice: “en Paxil y en Cayalá, como nombran este lugar, nacieron las espigas de maíz amarillo y de maíz blanco”.

Han sido cientos de generaciones que han vivido en las tierras mesoamericanas las que convirtieron un fruto no más grande que un dedo meñique en un inicio, en las mazorcas que conocemos ahora. En ese largo tiempo se estableció una relación de dependencia mutua. El maíz necesita de la mano humana para poder vivir, ya que no crece solo; pero la gente de los Pueblos Indígenas también necesitamos del maíz para vivir. El maíz es lo que nos hace, sin maíz no somos.

Como dice el Popol Vuh cuando habla de la creación del hombre: “Allá fue donde obtuvieron en fin los alimentos que entraron a componer la carne del hombre hecho, del hombre formado: eso fue su sangre que llegó a ser la sangre del hombre, ese maíz que entró en él por el cuidado de aquél que engendra, de aquél que da el ser”. Pueblos indígenas mesoamericanos y maíz somos compañeros inseparables.

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