Diconsa, maíz transgénico y autonomía

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No se puede gastar sin producir nada. A ver, ¿cuánta gente no se mantiene de nosotros? ¿Cómo se sostiene la ciudad, así tan grande como es? Pues gastando. No produce nada qué comer. En el campo la gente come lo que cultiva. ¿Cómo se van a mantener en la ciudad cuando haya puro dinero y no haya quien produzca qué comer?”, nos pregunta Pedro de Haro, autoridad moral del pueblo wixárika, en Ojarasca, suplemento de La Jornada que con su edición del 18 de octubre de 2004 cumplió 15 años. Los huicholes, como denominaron los españoles al pueblo wixárika, afirman que todo lo que tenemos nos lo dio la madre tierra, y que es nuestra responsabilidad cuidarlo así como devolverlo para que la vida de todos pueda seguir. Este principio tan claro logra sintetizar en pocas palabras la esencia de lo que ahora llamamos ecologismo y que para los wixaritari rige su vida cotidiana en pasado, presente y futuro.

Hay que recuperar nuestras propias economías, sigue Pedro de Haro, y afirmar las autonomías. Una base fundamental de esto es conservar, recuperar y usar las semillas tradicionales propias. No comprar a Diconsa, por ejemplo, que son los que llevaron el maíz transgénico a las comunidades.

Diconsa contesta a Pedro de Haro en una carta a El Correo Ilustrado de La Jornada (21/10/04), aclarando que no ha adquirido maíz de importación desde 2003, sino solamente a productores nacionales que cultivan maíz de manera tradicional, es decir, con granos sembrados habitualmente en nuestro país. También recuerda que “Diconsa está presente en prácticamente 93% de todos los municipios de este país, en 99% de los municipios que corresponden a microrregiones y en 96% de los municipios con características indígenas”.

Por supuesto, este cambio en la política de Diconsa —que durante muchos años anteriores a 2003 compró maíz importado de Estados Unidos con alta presencia de transgénicos, y que debido a la capilaridad de su red de tiendas de abasto rural llegó con los granos contaminantes a la mayor parte del país— es positivo. Sin embargo, es una victoria que se debe a las continuas denuncias que organizaciones campesinas, indígenas, ambientalistas y sociales realizaron a lo largo de muchos años señalando a Diconsa como uno de los responsables de la contaminación transgénica del maíz nativo. Durante ese tiempo, esta empresa no se dignó informar ni contestar las demandas de las organizaciones. Cuando finalmente cambió algo su política, tampoco lo informó con amplitud entre las comunidades, con tal de escamotear el logro social de éstas. En cambio “corrige” a Pedro de Haro, seguramente por la autoridad que él representa en todo México, como si el cambio hubiera sido una graciosa concesión de Diconsa y no producto de la protesta social. Aun ahora, no informa cómo garantiza que el maíz que distribuye no está contaminado a consecuencia de sus actividades de los años anteriores.

Los principales afectados, las comunidades rurales, no fueron adecuadamente informados. Pero no sólo ellas. Tampoco la propia Comisión para la Cooperación Ambiental del TLCAN, que a petición de comunidades de Oaxaca y organizaciones ambientalistas produjo el informe Maíz y biodiversidad: efectos del maíz transgénico en México. En éste se señala a Diconsa como una de las fuentes de contaminación y riesgo de continuación de la misma. La recomendación número 7 del informe fechado el 31 de agosto de 2004 (dado a conocer al público por Greenpeace frente a la demora intencional de las autoridades en hacerlo) dice: “El gobierno mexicano ha de notificar directamente a los campesinos locales la probabilidad de que el maíz distribuido por Diconsa contenga materiales transgénicos y que, por tanto, de acuerdo con la reglamentación vigente, no deben sembrarlo. Esta iniciativa ha de incluir un etiquetado claro y explícito de los costales, contenedores y silos en los que Diconsa almacena y transporta el grano, así como el firme compromiso de educar al respecto a los campesinos afectados”.

Por supuesto, esto no se hace, pero paradójicamente Diconsa sí anuncia y “etiqueta” sus camiones con el sello de “Empresa Socialmente Responsable”, otorgado por el Centro Mexicano para la Filantropía, sello que nos informa obtuvieron también empresas como Coca-Cola, Wal-Mart y Shell. Inevitable preguntarse qué querrá decir “responsabilidad social” en este contexto.

Por el contrario, las propuestas de autonomía expresadas por Pedro de Haro sí nos hacen pensar en la verdadera responsabilidad social: no olvidar que la contaminación transgénica existe ni a quienes la provocan, trabajar para contrarrestarla y prevenirla, reconstruyendo y fortaleciendo las economías locales y solidarias, fuera del control de las trasnacionales.

Silvia Ribeiro

* Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC y una de las personas que ha insistido más en los riesgos inmensos de los organismos genéticamente modificados, y en las tretas de la práctica científica actual que ya no exige los requisitos de rigor que antes se exigían para que un descubrimiento, o peor, una serie de ellos, no se apliquen sin antes pasar una estricta calificación en muchos aspectos, relaciones y procesos. Ver La Jornada, 3 de noviembre de 2004

febrero 1, 2012

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