La vida en los pueblos del maíz

Red en Defensa del Maíz                                                                                                 PDF

Presentamos un diálogo colectivo entre varias comunidades y organizaciones que se reconocen en la Red en Defensa del Maíz, ocurrido durante el taller celebrado en el Centro Nacional de Apoyo a Misiones Indígenas (Cenami) entre el 4 y el 8 de abril de 2005. El trabajo fue reflexionar, acompañadas con la visión de algunas organizaciones amigas, que son también parte de la Red, sobre los aspectos que resaltan la integralidad de las relaciones implicadas en la vida empeñada en el cultivo del maíz en la comunidad-milpa. No pusimos nombres porque todas y todos se reconocen en este diálogo.

– El maíz es sagrado, es el sustento de la vida, de allí tenemos dinero pero también una relación vital en el sentido más estricto, pues nuestra relación con la tierra es cultivando maíz. El maíz es importante para la política y la economía de las comunidades. El maíz marca los ciclos de la vida, se hacen rituales y fiestas tanto antes como después de las cosechas. El maíz tiene una versatilidad enorme, se utiliza para muchas cosas aparte de la tortilla.

– Una mazorca bien puede representar a una comunidad: cada grano es alguien diferente (persona o entidad), pero sólo todos juntos somos la mazorca.

– Meter el maíz al ciclo del dinero, ponerlo en el mercado, es someterlo a una reducción, aunque sea que tenga mucho éxito y se venda una variedad criolla. Éste es el caso del maíz “pozolero” o “esquitero” [para pozole o esquites], que son variedades (como el cacahuacintle) que aunque sean nativas desplazan toda la otra diversidad de maíces que tienen las comunidades, por los afanes comerciales de algunos. Y es que meter el maíz al mercado es someterlo a las leyes de oferta y demanda —que poco tienen que ver con el enriquecimiento de la cultura— y que más bien son leyes de homogeneización. Y la demanda tantas veces está motivada por ideologías, propagandas, mercadotecnias. Al dejar de ver al maíz como un tejido de relaciones, al verlo como una mercancía, es muy fácil rendirse al uso de agrotóxicos, pues estamos produciendo una cosa para tener dinero, estamos ya compitiendo por alcanzar unas monedas.

– Cuando los hombres migran, las mujeres, que son las que quedan, han ido convirtiéndose en las únicas responsables de lo que ocurra con la tierra y en la tierra. Muchas, al no contar con otro modo de subsistencia mientras llegan los dólares, han ido reviviendo el cultivo del maíz en su concepto más viejo, como mantenimiento, aunque no haya una economía que gire en torno al maíz (como antes). Así que en muchos pueblos los grandes están tratando de involucrar a los nuevos en las tareas del campo con una visión de que sembrar no solamente es obtener dinero, pues así no llegarán a ninguna parte, sino recuperar esa visión de sembrar para vivir de la tierra, de la relación independiente de los pueblos con la tierra. Así que la gente está recordando las épocas, que sí existieron, cuando se necesitaban muy poquititas monedas para vivir, pues todo salía de la tierra. La migración se suma a todo, pues al irse la gente, el campo queda abandonado, entonces se consumen más plaguicidas, herbicidas, fertilizantes que tratan de sustituir la mano de obra, y como la producción decae se acude a las comidas chatarra y se pierde la riqueza gastronómica, y con ella las palabras que nombran al maíz. Así, los niños crecen sin centro, como el maíz que va siendo desplazado.

– La recuperación de la autonomía de los pueblos, la recuperación del ciclo del maíz para uso y consumo de la comunidad, pasa por dejar de depender de los agroinsumos, por un lado, y por otro, sanar la tierra misma. Por eso se habla tanto de una idea muy “autónoma” de lo orgánico, lo orgánico visto como la forma de relacionarse con la tierra y con sus productos para no depender de las corporaciones, sean vendedoras de semillas o de fertilizantes, herbicidas, plaguicidas, etcétera. No se trata de una idea de lo orgánico como la comida hermosa que consuman las clases medias concientes y así ayuden a los exóticos. Como una ramita paralela, se reaviva el trueque bajo la misma idea de “no depender de las empresas” para obtener lo necesario.

– Vemos que hay que extremar los cuidados de las semillas nativas, protegerlas contra, por ejemplo y entre otras cosas, la contaminación transgénica. Pero tenemos que reconocer que nos falta información. La gente en los pueblos del maíz vemos que ponerse al día sobre las nuevas biotecnologías, es una responsabilidad.

Otra alarma recurrente es el papel que está jugando la escuela, la educación oficial, el sistema escolarizado, en la extinción de los campesinos. Las comunidades reclaman que en las escuelas a los niños y jóvenes se les inculca que estudiar es para trabajar, así en abstracto, y por lo cual se recibirá un salario. Esto arruina de tajo la concepción de una relación independiente con la tierra, ese autoconsumo que ha hecho posible la permanencia de los pueblos indígenas y campesinos.

– Un tema crucial es que si el maíz no tiene precio, entonces ¿cómo sobrevivir en este mundo? El autoconsumo tiene una fuerza perdida. Cuando se lo menciona no nos referimos a un nivel de consumo precario, sino a una idea del consumo soberano, de producir nuestros alimentos de forma soberana.

¿Por qué seguir sembrando maíz, entonces? Porque es una herencia invaluable de nuestros antepasados, porque sembrando cuidamos los suelos, el bosque, el agua, la comunidad. Pero también porque si no lo hacemos nos lo van a arrebatar las empresas. Para que exista el maíz hay que seguir sembrándolo.

Pero hay que aguzar la percepción sobre nuestro maíz, física, energética; de lo que ocurre en sus entornos, para identificar los transgénicos. Pensar en lo que hoy parece imposible: detectar con la pura sabiduría campesina los maíces dañinos. Tenemos que saber qué semilla estamos sembrando, ir depurando en cada ciclo nuestra semilla. Así iremos desechando el maíz contaminado. Tenemos que recuperar la confianza en la semilla que sembramos.

– Un tema urgente y recurrente es el uso excesivo de agroquímicos, no solamente en el cultivo del maíz, sino en cualquier cultivo con el que tengamos relación: en el tabaco, la caña, le café. La diversidad dentro de la milpa se ha ido muriendo por el uso de herbicidas y plaguicidas.

La historia de la Revolución Verde es para los pueblos del maíz en México la historia de cómo se hizo adicta la tierra y los cultivos a una droga de la cual cada vez necesita más y más para servir menos y menos. No sólo tenemos que enfrentarnos ahora a la contaminación transgénica, sino al hecho de que heredamos (por los químicos) supermalezas y una resistencia de las plagas. Está roto el equilibrio dentro de lo que fueran las milpas. La tierra está intoxicada, pero también el agua, y los peces se han perdido y se han envenenado. Al aplicar herbicida se mueren las plantas medicinales y entonces se pierde una alternativa médica para la salud de la comunidad. Entonces hay que tener dinero para comprar los remedios que antes crecían entre la milpa. Y el dinero es agua, aunque lo cuides se va, la tierra no.

– El maíz no solamente está contaminado, está desplazado por cultivos comerciales no básicos, como café, caña y tabaco, palma de aceite, pero también por la ganadería. Junto con el desplazamiento del maíz va el desplazamiento del productor, que luego se tiene que ir a otras tierras de labor, a ganar unos pesos, cultivando precisamente los cultivos que desplazaron su maíz, su soberanía.

Hay una resistencia de las comunidades, sin embargo. Hay comunidades que tienen semillas, hay otras que están comenzando a usar alternativas a los agrotóxicos, como abonos orgánicos y control natural de plagas.

– Al perder los alimentos preparados con maíz, también se pierde la salud, porque se pierde la alimentación variada que proveía la milpa, pero también se sustituye con las comidas chatarra que llegan a los centros de abasto de las comunidades. Coca-cola en vez de pozol, Sabritas en vez de tamales; además de desnutrición hay pérdida de la identidad entre los jóvenes consumidores. La pérdida de la lengua está directamente relacionada con la pérdida del maíz. Es que se pierden los rituales y tradiciones de la siembra. Se pierde el conocimiento de los ciclos de la luna. La pérdida del maíz es la pérdida de la cultura indígena. Por esa razón es tan grave lo que hacen los programas como Oportunidades, que promueve la división de las comunidades, o Diconsa —que abastece de maíz y granos básicos a las comunidades, sustituyendo la producción propia con semillas que pueden ser transgénicos. El Procampo facilita el abandono del trabajo pues sólo hay que decir que se tienen tantas hectáreas para recibir un algo de dinero. El Procampo es un incentivo para entrar en la dependencia monetaria, rendir la soberanía de la comunidad y la tierra en una existencia conjunta a los vaivenes de la economía monetaria.

– Antes, no había distinción entre trabajo y cultivos, a cualquiera de ellos se le llamaba milpa indistintamente. Para el trabajo de la milpa o “hacer milpa” no hay distinción entre lo ritual y lo técnico. El modo de hablarle al maíz y la importancia de la lengua, los rituales para marcar que tenemos voluntad y relación con la tierra, eran lo más importante. No es una soberanía sobre el maíz, sino junto al maíz para vivir juntos, para existir.

Ahora, el trabajo ha cambiado desde que el maíz perdió su centro. El trabajo de la milpa era un motivo de fortalecimiento de relaciones sociales, pues había necesidad de estar juntos y unir las energías y las ideas. La Revolución Verde (agrotóxicos, monocultivos, búsqueda del rendimiento masivo) es una propuesta individualista, sustituye con objetos el acuerdo entre personas. Así que a la vuelta del tiempo la tierra ya requiere una cantidad impensable de trabajo o dinero en insumos que la hagan producir. Los paquetes tecnológicos siempre llevan una ideología oficial que los respalda y los hace “aceptables”, como los programas del gobierno (Procampo, Progresa, Procede); hay un pérdida de la educación en el campo de las nuevas generaciones pues en las escuelas se les enseña a renegar de la vía campesina. La introducción de los químicos hizo a la gente floja y mató a las plantas que rodeaban al maíz. El maíz quedó solo. Cuando son la épocas tupidas de trabajo en el campo, lo es también para la pequeña parcela o para los campos de la agricultura industrial. Así que entre más acecha esta última, más es el robo de campesinos de sus propias tierras a los campos de monocultivo, pues justo en el tiempo de más necesidad de trabajo en el maíz llegan los enganchadores, a llevarlos al camino por unos pesos y unas promesas de salario seguro, a diferencia de lo que por todo esfuerzo ofrece la parcela propia: incertidumbre. “Producir para vender y comprar para comer” es el resumen de la pérdida de soberanía laboral y alimentaria de los pueblos del maíz.

 – Sí, ya lo oímos mucho, pero va de nuevo: el Procede [el Programa de Certificación Ejidal para individualizar las tierras y permitir que entren al mercado] es una estrategia clave para exterminar al maíz y a sus pueblos. Hay personas que compran las tierras ejidales y las transforman en potreros o en tierras de monocultivo, dejando fuera el maíz. La urbanización es otro factor para el abandono de la milpa, pues los campesinos tiene que escoger entre el camino pavimentado y la tierra de labor.

– En cambio, donde pervive la asamblea, y donde hay tierra en común, en colectivo, hay posibilidad de organizar el territorio, es decir, la manera de vivir, las estrategias de supervivencia de manera coherente, integral, congruente con los problemas que se viven. Ahí se está recuperando el papel de las autoridades comunitarias.

– Debemos rescatar la importancia que tiene el cultivo del maíz, la milpa, para la agricultura campesina en los diferentes lugares de México. Es el lugar que permite la supervivencia de la gente, pues todos los alimentos giran alrededor del maíz. Esto marca la relación de los campesinos con la tierra. De allí la ritualidad que mantiene su carácter sagrado.

El cambio a las formas de producción agroindustrial del maíz se encamina a promover y lograr la dependencia del afuera perdiendo la soberanía en la relación con la tierra. Hay una conciencia de cómo este cambio fue inducido por el gobierno, con el interés de las empresas por detrás.

Cuando se considera el cultivo del maíz como negocio, es imposible que sea rentable, sobre todo en pequeñas extensiones como son la mayoría de las parcelas en el campesinado mexicano. Pero es esta pequeñez la que ha propiciado la enorme diversidad de semillas, es esta pequeñez la vía en un país orográficamente disparejo.

Pero hay que estar convencidos de que aunque no sea negocio, la siembra del maíz es crucial para la seguridad alimentaria, la soberanía alimentaria de la familia, la comunidad, la sociedad del campesinado.

La gente está tratando de regresar a las formas antiguas y manejables en pequeña escala, ya que a la vuelta de los años comprueba la inviabilidad de las propuestas industriales, comerciales, para la siembra del maíz.

Es importante cuestionar el concepto de “fondo” o “banco” de semillas, porque eso implica ya un primer acaparamiento, una centralización, un primer desfase de los sitios donde se conservan las semillas, más repartidas e invisibles para los ajenos.

– Es muy clara la interrelación que hay en todos los problemas del maíz. De allí la necesidad de entrarle al problema con una actitud integral. No es nada más una cultura, o un cultivo, es un modo de vida completo, una visión del mundo. El maíz es por un lado el trabajo y por el otro la alimentación, el sustento en el sentido más amplio. Es la relación con todo, con la naturaleza, con el territorio, con todo lo que es sagrado y vital para las comunidades. Y esto está cambiando. Incluso se puede trazar el origen de los problemas a las políticas gubernamentales, con el comercio. Se pierde la diversidad y se deja de ver, de entender la milpa (pues el maíz nunca va solo, el maíz es comunidad). En el momento en que la vemos como mercancía para tener dinero, es imposible que “sea rentable”. Se cambia la propuesta de relación, la de la milpa, por el dinero. Por eso una de las propuestas reiteradas en muchos lados es cómo regresar a mercados más chiquitos, a maneras de trueque, a intercambios locales, de tal manera que pueda regresarse a un modo de vida manejable, que incluya un respeto por el todo.

Hay que distinguir entre precio y valor. Claro que el maíz que cultivamos en las parcelas comunitarias “no tiene precio”, pero hay que reflexionar sobre el valor que sí tiene, para las comunidades, relacionar con nuestra producción propia de alimentos, algo que sí queremos, una producción que es fondo de fuerza y soberanía. Y una pregunta recurrente e importante: cómo podemos encantar de nuevo a los niños y a los jóvenes con lo que es el campo.

– Debemos recordar ciertas cosas que todos sabemos, que de tan conocidas ya no las vemos, sobre todo cuando todo mundo tiene problemas.

Uno. La biodiversidad. Es la vida que nos rodea. La diversidad agrícola. Las plantas y algunos animales que cultivamos o que criamos. Sin excepción, todo lo que se cultiva o lo que se cría hoy día, incluso los híbridos y los transgénicos, proviene de lo que a lo largo de los milenios han inventado los campesinos. Como el maíz, que se fue criando, se fue cultivando, se fue inventando. La papa, el arroz y así cada planta sin excepción ninguna es creación de los pueblos indígenas y campesinos del mundo. Todo lo que ha hecho la ciencia ha sido mínimo frente a esa creación de la biodiversidad agrícola que han hecho los pueblos a lo largo de la historia.

Dos. Para que los pueblos pudieran hacer todo eso, la premisa es la existencia de la tierra misma, entendida como tierra de labor, pero la Tierra misma, el planeta todo. Para poder acoger toda esa diversidad la Tierra tiene que ser diversa. Si la Tierra fuera plana, todo al nivel del mar, no crecerían las plantas de las montañas, por ejemplo. Es necesario el calor, el frío, la altura, la planicie, el desierto, el humedal, para que exista toda la diversidad.

Esa Tierra que nos acogió, sin embargo, ha perdido su capacidad ante la agresión de los agroquímicos, de la urbanización, y ya no está pudiendo ser tan diversa.

Ésas son dos cosas básicas que hay que recordar siempre: si no tenemos una Tierra que nos acoge, y si no tenemos pueblos indígenas y campesinos capaces de cuidar esa vida, la biodiversidad no tiene posibilidades y empieza a desaparecer. Tierra más pueblos.

Los transgénicos son un modo de intentar destruir la unión entre la Tierra y los pueblos. Ése es su objetivo. Ése es el negocio. Entre más sea la relación entre pueblos y la tierra y la Tierra, menos tendremos que comprar nada, pero el objetivo de los híbridos y los transgénicos es el negocio. Comprar y perder la autonomía.

Un pueblo que compra semilla y que compra comida es un pueblo que no se puede mandar a sí mismo.

El ejercicio de hoy en día es recordar. Darnos cuenta qué es lo que se hacía para conservar la vida.

Para conservar la diversidad de cultivos y del maíz, hay que usarlo. Para defender al maíz hay que seguir cultivándolo. La mayor amenaza al maíz nativo es que ya se cultiva poco.

Central para todo eso es mantener la identidad como pueblos. Significa seguir comiendo aquello que hemos aprendido desde siempre a comer como pueblos, significa seguir festejando como se han hecho siempre, seguir dando las gracias y pidiendo a través de esos festejos. La recuperación del maíz pasa por la recuperación de la costumbre, de la tradición: su reactivación, su fortalecimiento.

Hay que mantener la semilla y la tierra.

Alguien que pierde la semilla tiene muchas más posibilidades de tener que migrar que alguien que todavía la tiene.

Mantener la semilla significa tener semilla de buena calidad. De buena calidad para uno mismo, para la tierra a la que uno tiene acceso, un semilla que responda a las necesidades y gustos de cada pueblo. Si se uniforman los gustos o se tratan de homogeneizar las necesidades, se pierde la calidad de las semillas: su biodiversidad.

Hoy día existe toda esa riqueza que existe porque cada pueblo tuvo derecho a mantener su costumbre, sus tradiciones, porque hubo respeto de los devenires y las voluntades de cada quien, de lo que es sagrado para cada pueblo. Y eso es lo que hace la televisión: decirnos que hay que comer esto o lo otro implicando que las cosas regionales, locales, no industrializadas no sirven. Si queremos mantener toda esta riqueza tenemos que mantener el respeto por lo que ha sido nuestro y sagrado durante toda la historia.

Entonces la semilla que sirve a cada quien, ¡es la que cada quien ha criado!

Cada pueblo, comunidad, tiene gustos distintos, condiciones distintas, necesidades distintas. Y es imposible que haya una persona, o una empresa o un instituto del Estado que sea capaz de crear semillas que sean buenas para todos.

Si son miles y miles de campesinos que están produciendo la semilla ¿será igual? No. La diversidad y la calidad también viene de que haya mucha gente produciéndola. Que no se centralice la producción de semilla es un elemento central para la conservación de la semilla.

¿Cómo se cultiva la diversidad de semillas, día con día, año con año? Conversando e intercambiando. No sólo se entrega la semilla sino los saberes. Uno intercambia saberes. Las semillas pueden ser distintas porque todos saben cosas distintas.

Para que haya semillas diversas tienen que haber saberes, conocimientos, diversos. Pero el conocimiento lo sabemos a pedacitos, y sólo entre muchos se hace un conocimiento grande. No hay que olvidar jamás que todos sabemos. Cuando aceptamos que alguien nos trate como ignorantes, como que no sabemos, como que no tenemos ideas, estamos aceptando que se pierdan saberes sobre la semilla.

Los transgénicos son como una enfermedad, y van a permanecer por mucho mucho tiempo. Lo que hay que hacer es impedir que el maíz se enferme.

Hoy día hay un ataque contra la biodiversidad, y el pueblo que no tiene diversidad es un pueblo que se hace dependiente. Se están cambiando las leyes para obligar a los campesinos de los pueblos en su conjunto a hacerse dependientes. Para conservar la diversidad uno tiene que hacerse las preguntas de cómo conservar la vida, qué es lo que la ley permite y qué es lo que necesitamos, con permiso de la ley o sin permiso de la ley. Por ejemplo las leyes que impiden que las semillas viajen libremente. Es así como el maíz llegó desde Mesoamérica a todo el mundo, viajando, y ahora las leyes lo impiden, pero las organizaciones campesinas en el mundo están decidiendo que las semillas van a viajar, aunque lo intente impedir la ley.

– Estar en contacto con las penurias en cada lugar del continente, pero también con la esperanza y los caminos de resistencia que se van conociendo y las experiencias que ya sirven.

La contaminación con maíz transgénico no fue un accidente. No fue porque alguien trajo un bolsito del otro lado o porque Diconsa repartió el grano y los campesinos lo usaron como semilla, todo eso pudo haber ocurrido, pero es más importante que nos demos cuenta que la contaminación con transgénicos es un acto absolutamente intencional que se repite en todas partes del mundo y que tiene como objetivo invadirnos de transgénicos, imponerlos y cuyo objetivo es controlar nuestra alimentación, convertir lo que eran los alimentos y parte de nuestra vida en una mercancía que las corporaciones puedan manejar y a través de ello nos puedan controlar. Ya no es una hipótesis que hace unos 10 años discutíamos, es una realidad muy cercana a una tragedia, por ejemplo en Argentina.

En Argentina la soya transgénica se comenzó a cultivar masivamente en 1996, la soya RR, cuya característica principal es que es resistente a herbicida y empezó a tener una expansión enorme. Cada año creció la superficie de cultivo (inició con 300 mil hectáreas) hasta que en 2005 hay casi 15 millones de hectáreas en Argentina, unas tres veces la superficie de Costa Rica. Esas 15 millones fumigadas con glifosato, que mata todo ser vivo que no sea la soya RR.

El cultivo de los transgénicos en muchos lugares del Cono Sur estaba prohibido. La estrategia de las compañías fue permitir que los agricultores conservaran la soya que compraban a pesar de que se supone que cada ciclo tenían que firmar un contrato y comprarla de nuevo. Se permitió que la guardaran, la volvieran a sembrar y la vendieran. Esa soya se vendió clandestinamente a los agricultores grandes (50-3 mil hectáreas) del sur de Brasil, a los de Paraguay y Bolivia, por fuera a de legislación y en oposición a las organizaciones campesinas y ecologistas. La estrategia fue “contaminamos”. Dejemos que la soya circule, que cruce las fronteras.

Entonces comenzó a crecer la superficie cultivada con soya transgénica a pesar de que había leyes que prohibían los transgénicos. Entonces se comenzó a aceptar el cultivo de la soya (nada menos que Lula) con la promesa de emitir leyes que regularan los impactos ambientales. Hubo debate, promesas, pero todo terminó con la emisión de una Ley de Bioseguridad (también llamada Ley Monsanto) con la cual finalmente se dio vía libre para el cultivo de los transgénicos.

La situación es más o menos parecida en Paraguay, en Bolivia, el proceso es invadir, luego presionar al gobierno y finalmente legalizar la manga ancha de las empresas de transgénicos.

Cuando ya teníamos 14 millones de hectáreas de soya en Argentina, en 2004, Monsanto salió a decir bueno, señores, esta soya que ustedes están sembrando es nuestra propiedad y tienen que pagar por eso. Lo mismo pasó en Brasil y en Paraguay. Lo que pide Monsanto es que el gobierno argentino cree una ley de regalías globales por las cuales le cubre a todos los agricultores un impuesto sobre su producción para dárselo a Monsanto. Cobrar un impuesto a la producción para dárselo a la corporación para pagar los costos de la investigación. Pero si no ocurre eso, Monsanto amenaza con plantarse en los puertos a donde llega la soya argentina para cobrar las regalías (Unión Europea y China), a donde Monsanto tiene la patente pues en Argentina la solicitó a destiempo y no opera. Éstas son las cosas que están en juego con los transgénicos. Y claro, está el caso de Percy Schmeiser y la canola, donde el campo se contamina y Monsanto demanda y la corte encuentra culpable a la víctima, de haber sido contaminada.

Cada año hay una cantidad enorme de expulsados del campo en Argentina, pues para cada 500 hectáreas se solicita solamente un trabajador para cultivar. Además estas 15 millones de hectáreas también se han sembrado a fuerza de desforestar y avanzar sobre montes y zonas campesinas. Luego a los expulsados del campo les dan soya forrajera transgénica para que sobrevivan, o llega masivamente a esas zonas marginales como ayuda alimentaria, cuando no está comprobada su inocuidad para consumo humano.

Para que se fortalezca entre las organizaciones y las comunidades la lucha por la defensa del maíz, es necesario que haya seguimiento de la formación y la información de la gente, que sigamos esparciendo la información y buscando el modo de seguir asistiendo a las reuniones. Hay que seguir tejiendo a nivel internacional.

Tener estrategias para la difusión de la información, pues el gobierno y las empresas siempre tienen forma de monitorear y fichar y evitar que nos comuniquemos al tiempo que tienen el monopolio de los medios masivos.

La información es para aumentarnos la capacidad de decir no.

En los lugares donde hay intercambio, como en las zonas huaves, se puede ir cuidando lo que se intercambia.

Usar las radios comunitarias para difundir la problemática del maíz.

Los tianguis indígenas, en general los mercados locales, son espacios de recuperación de la soberanía del maíz.

La educación formal capacita técnicos para que sirvan en las empresas y enajenar a la gente de sus orígenes. Debemos tener un espacio real con los niños, más allá de la escuela, para que escuchen también del trabajo del campo.

Los pueblos nos han enseñado que la salida para acabar con los transgénicos no es destruir el maíz, sino cuidar la semilla, mantenerla, ver cómo darle vida.

– En lo técnico, en la selección de plantas y semillas sin transgenie, ¿sería posible cuidar el tiempo de polinización para evitar las mezclas de maíces?

– Hay una diferencia fundamental entre los híbridos y los transgénicos, los híbridos dan plantas de maíz sumamente pobres, débiles, donde la primera generación está arreglada para funcionar bien, pero a la segunda generación ya no funciona. En el campo, los híbridos se van enriqueciendo y se va pareciendo cada vez más en una planta nativa.

El transgénico es como si tuviera un tumor, con el agravante de que no sabemos qué va a hacer, a lo mejor la planta sobrevive o a lo mejor se muere o a lo mejor se mueren todas las plantas con ese tumor. Y por si fuera poco, el agravante es que ese tumor se transmite, a través del polen.

Entonces de una planta con tumor —una transgénica— van a salir muchas más a la próxima generación, ésta es la contaminación. Entonces, las plantas se seleccionan, las semillas se seleccionan, porque no todo nos sirve y hay que quedarnos con lo mejor. Con los transgénicos hay que hacer algo similar, hay que aprender a reconocer y sacar las plantas que tienen ese tumor y quedarse con aquellas plantas que no se enfermaron. Pero no puede aprender uno solo, hay que aprender en conjunto, igual que aprendimos a tener y cuidar las variedades que tenemos.

Estas plantas fueron enfermadas desde afuera, a propósito, y con el fin de que se enfermen todas. Probablemente el gobierno va a proponer en algún momento eso que nosotros ya comprendimos que no es la salida, el exterminio de variedades nativas, la quema, la intervención de entidades ajenas a la comunidad (laboratorios, empresas, fuerzas armadas) en un discurso de erradicar la contaminación del maíz.

Hay que prohibir los transgénicos de hecho, sin pedirle permiso al gobierno, en una normatividad comunitaria que es completamente legítima. Hay que impedir que entren los transgénicos con o sin ley.

– No sabemos en qué vamos a estar dentro de tres o cuatro años, pero ahora sabemos que tenemos que desarrollar la observación y las capacidades que ya existen dentro de las comunidades para saber qué cambios puede haber. Nosotros podemos entender que ha habido un crimen contra el maíz y contra el corazón de las comunidades, entonces hay que tratar al maíz de otra manera. Es como cuando vemos una planta fea, de por sí la quitamos, o evitamos que polinice. Entonces posiblemente con el maíz transgénico veamos diferencias, por lo que hay que agudizar la observación para quitar esas plantas posiblemente transgénicas.

Los campesinos ven todo el tiempo. Entonces una forma de avanzar es ver pero compartir con toda intención y velocidad lo que estamos viendo, en las reuniones —aquí se da por hecho la importancia de las reuniones regionales— y en ellas decir lo que hemos visto que va cambiando en las parcelas.

– Es muy descorazonador saber de la contaminación y que es un monstruo inasible, pero también debemos tener siempre presente que no hay nadie en el mundo, ningún científico, ningún agrónomo que iguale en recursos tecnológicos de la mayor fineza y pertinencia a los que tienen los campesinos. Sólo ellos podrían hacer algo en sentido contrario a la contaminación. Esa conciencia es el mensaje que le podemos pasar a otras gentes que están atravesando el trauma de comprender lo grave del hecho de la contaminación transgénica.

Debemos entender plenamente las posibilidades de controlar la polinización como una forma de aislar, evitar, la contaminación transgénica.

– El diálogo con el maíz va más allá de lo que se hace a nivel de la milpa, físicamente, tiene que ver también con la identidad, la lengua, las ceremonias. Y así también, al reconstruir el maíz, no se reconstruye solamente el maíz, sino todo lo demás, lo tangible pero también lo intangible. Contra la visión uniforme unilineal de las empresas y los fitomejoradores pagados, tenemos a nuestro favor la visión rica y multifacética, plena de recursos de todos tipo, para la creación perpetua del maíz.

* Participaron como organizaciones acompañantes el Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam), el Grupo ETC, GRAIN y Ojarasca.

 

febrero 1, 2012

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