Una autonomía más allá de culturalismos

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Después de 10 mil años de crianza mutua entre los humanos y un pasto que fue haciéndose al modo humano, al igual que los humanos aprendieron del maíz tantas cuestiones que es difícil resumirlas en un texto, el maíz se ha convertido en uno de los cereales estratégicos de la humanidad. Como bien señala Verónica Villa, del Grupo etc, “es inadecuado decir que el hombre domesticó al maíz. Porque fue un proceso de larga duración, de conversación entre los pastos (que dieron pie al maíz) y los pueblos originarios de Mesoamérica, lo que llevó a la conformación de esa relación que hoy conocemos como maíz, en realidad la milpa: todo un sistema de interacción entre el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y otras tantas plantas, algunas medicinales. Por eso puede uno decir que el maíz es el menos ‘egoísta’ de los cultivos. ¿Tal vez sea esta diversidad la que le enseñó a los pueblos originarios la idea de la convivencia en la diversidad?”1

El Grupo etc ha insistido en que: “El maíz —como todos los cultivos alimentarios de que disponemos actualmente— es una planta ‘creada’ por los campesinos, fundamentalmente por las mujeres. México es reconocido como centro de origen de este cultivo, se han encontrado allí fósiles de maíz que datan de 5 mil a 7 mil años, y existen autores que afirman su existencia desde hace más de 10 mil años. No subsiste en forma silvestre, necesita de la intervención humana para poder cumplir su ciclo de vida. El carácter colectivo del maíz es lo que ha mantenido su riqueza. Diversidad genética y diversidad cultural se desarrollan y alimentan mutuamente”.2

Como todo el saber, ser colectivo le da fundamento a uno de los rasgos más antiguos de los pueblos originarios que hace a muchos aludir a la cultura indígena para defender el maíz. Pero atender a la conservación de la cultura indígena para defender el maíz nos hace, con mucha frecuencia, caer en una trampa culturalista: pensar que el maíz es sólo un “rasgo cultural” que hay que “comprender”, “tolerar”, en aras de ser políticamente correctos en una época de “multiculturalidad”. Proponer que la cultura o vía campesina es un aspecto del pasado al que hay que guardarle un nicho, le permite a mucha gente asumir atropellos que podrían evitarse si se entendiera que el modo campesino del mundo sigue siendo tan pujante que todavía hoy la mayor parte de la población mundial es campesina y que son ellos, justamente esos vilipendiados cuidadores del mundo, quienes alimentan al resto de la humanidad. En lo esencial por lo menos.

No es aventurado señalar que si llegaran a sucumbir esas comunidades indígenas que han cuidado del maíz, escuchando su voz milenaria que las cuida a ellas, el futuro de la humanidad se vería en entredicho. Debemos insistir en que la sola idea de que haya colectivos que no le piden permiso a nadie para ser, por el solo hecho de tener un cultivo del cual se alimentan como fruto de un trabajo comunitario, sin depender del exterior en alguna medida, es lo que permite el cuidado del bosque, del agua, de los recursos naturales, de la biodiversidad y sobre todo de los saberes tradicionales y contemporáneos que conforman toda una manera de asumir la vida. Es allí donde sesgo culturalista pierde filo porque el impulso vital creado entre la milpa (que es una comunidad) y la comunidad humana, tiene un corazón político, estratégico y social inagotable. Es decir, “defender el maíz no es nostalgia o filantropía”, sino apostarle a un modo de vida que ha demostrado ser vigente y tener un horizonte de propuestas de futuro. Dice el Grupo ETC, fundamentando el carácter estratégico del maíz:

Como cultivo “domesticado”, ha sido espectacularmente exitoso, ya que de un pasto no comestible, —el teocintle—, pariente silvestre aún presente en México, Guatemala y Nicaragua, se creó un cultivo comestible con muchos elementos nutritivos, de gran rendimiento y versatilidad, adaptada a muchos ecosistemas diferentes. El cuidadoso proceso de mejoramiento, producto del trabajo colectivo de siglos de miles de campesinas y campesinos indígenas, hizo posible su diseminación a toda Mesoamérica y gran parte de América del Sur y Norte. A la llegada de los conquistadores, el maíz se cultivaba desde los 45 grados de latitud Norte, donde hoy se encuentra Montreal, Canadá, hasta los 45 grados de latitud Sur, a casi mil kilómetros al Sur de Santiago de Chile.

La difusión del maíz a otros continentes se inició con la Conquista y llegó a constituir uno de los alimentos más importantes de los países europeos y posteriormente africanos y asiáticos, mostrando su alta versatilidad y potencial. Actualmente, el maíz es uno de los cuatro cereales que constituyen más del 50% de la alimentación en el mundo. Es alimento habitual directo de la cuarta parte de la población de mundo, y en 18 países (12 de América Latina y 6 de África), lo es de manera principal.El patrón de consumo en México es único, ya que el 68% del total de maíz —producido e importado— es utilizado directamente en la alimentación humana. A nivel mundial, el 21% de la producción tiene ese destino, el resto tiene otros usos, principalmente como forraje. El mayor productor y exportador de maíz a nivel global es Estados Unidos, pero su cultivo en ese país es mayoritariamente en agricultura industrial, basada en semillas híbridas, y actualmente más de una tercera parte transgénicas.

Las variedades tradicionales, particularmente de México, han sido y siguen siendo el reservorio genético más importante para el cultivo del grano en todo el mundo, y tienen no sólo un alto valor económico directo —para los millones de agricultores pequeños en todo el mundo que la producen y consumen alimentándose a sí mismos y sus familias— sino que también son una fuente invaluable de recursos genéticos para los cultivos industriales. No existe un estudio sistemático sobre el significado económico de esta contribución, pero se trata de millones de dólares anuales.3

Pero la historia del cultivo de maíz tiene una extraña vuelta, pues si bien las agroindustrias y la industria de la alimentación son ávidas del grano y la Revolución Verde de los años cincuenta intentó crear variedades híbridas más resistentes y dúctiles a su siembra comercial, es un hecho que el cultivo y sus saberes asociados fueron arrinconados al comenzar la apropiación y la invasión rampante de los territorios indígenas. En privatizaciones sucesivas que comenzaron desde el siglo xvii, continuaron con fuerza en el siglo xix con las leyes de desamortización y que tuvieron un nuevo repunte justo al inicio de la Revolución Verde con las leyes de terrenos nacionales, los pueblos indios se vieron despojados de vastas extensiones de su territorio ancestral y siguieron sembrando el maíz en las laderas y en las terrazas, a veces en condiciones de verdaderos alpinistas agricultores. El maíz lo resistió todo. Tal vez la clave se halle en el cuidado detallado que campesinas y campesinos pusieron en el asunto, conformando un tramado de saberes que hoy día parecen misteriosos.

GRAIN, una organización que ha pugnado por impulsar un trabajo cuidadoso de la vida campesina, sus saberes asociados y la potencialidad y problemas de la agricultura mundial, apunta algunas claves, parte de ellas producto del trabajo de la investigadora chilena Camila Montecinos:

La situación que vive el maíz es resultado de un largo proceso de agresiones contra el maíz mismo y contra todos los mecanismos y procesos sociales que lo hicieron posible, especialmente contra los pueblos que lo crearon, lo cuidaron y lo han mantenido vivo durante tantos siglos. Tales agresiones incluyeron desconocer todo el rico y sofisticado saber que sustenta los maíces locales, imponer formas de cultivo y consumo hipersimplificadas, destruir los sistemas locales de mantenimiento, mejora y distribución de las semillas y, por sobre todo, destruir su carácter sagrado y procreador.

El proceso de contaminación genética es, por tanto, una señal —quizás la más alarmante— de un conjunto de agresiones que continúan y pueden terminar con la riqueza y significado de una de las plantas cultivadas más importantes y más sofisticadas del mundo.

Qué se necesita para defender al maíz en su integridad —no sólo contra la contaminación genética. La única respuesta honesta que podemos darnos es: apoyar la restauración de aquellos sistemas, procesos y dinámicas que crearon el maíz y lo mantuvieron diverso durante tantos siglos. Ninguno de esos procesos es posible sin la permanencia de los pueblos indígenas y campesinos que los pusieron en marcha.4

Es cierto. En el siglo xx, por lo menos en México, tras décadas de privilegiar la agroindustria abandonando a su suerte a los campesinos de “autoconsumo” —por no ser rentables, dijeron— los sucesivos gobiernos sitiaron a campesinos e indígenas mediante políticas macroeconómicas nocivas para la agricultura mientras les entregaban compensaciones ridículas. La contrarreforma al artículo 27 de Carlos Salinas, disparó una creciente inseguridad en la tenencia de la tierra, abrió de nueva cuenta la especulación agraria, las invasiones y las expropiaciones, y posibilitó la entrada de los megaproyectos que hoy amenazan a cualquier comunidad rural cuyo sustento sea la agricultura. Se extremó así la creciente marginación social en el campo, se propició la expulsión de mano de obra a las ciudades o a los campos de jornaleros, el vaciamiento de los territorios o su copamiento urbanoide.

El delicado proceso del que hablan los investigadores e investigadoras de GRAIN y etc, se sumergió al fondo del tejido comunitario y dejó de ser visible fácilmente. Hoy, ante las más recientes escaladas contra los campesinos, los pueblos indios y los cultivos nativos, en particular contra los cultivos que se hallen fuera del mercado aunque sea tangencialmente, y ante la invasión a los territorios y el deterioro ambiental que desencadena desequilibrios múltiples, es indispensable repensar la cultura campesina-indígena desde sus propios trayectos históricos, y reflexionar la recuperación de los saberes que hicieron posible la vigencia de un cultivo super fuerte.

Pero cuáles son esos saberes detallados. En qué basan su fuerza, qué es lo que los hace rebasar la definición ñoña de la cultura (ésa que añora lo maravilloso pero se resigna a perderlo porque el progreso es el progreso) para mostrarse como un paso gigantesco en la definición más vasta de lo que es la cultura (ésa que abarca la potencialidad política, económica, social y ecológica de los saberes diversos y vastos). Dice un documento de GRAIN:

La agricultura es obra y arte de los agricultores y agricultoras del mundo entero, una obra que comenzó y continúa desarrollándose desde diez mil o tal vez veinte mil años atrás. Pueblos de los más diversos rincones se identificaron a sí mismos como cultivadores: en muchos de los mitos fundacionales, saber y poder cultivar fue lo que nos hizo humanos. Pero la agricultura, no lo olvidemos, ha sido y es mucho más que cultivos y crianza de animales. Es también el uso y cuidado del bosque, el agua, las plantas medicinales, los animales silvestres. Requiere de múltiples otros saberes y habilidades: podar, injertar, trasquilar, domar, domesticar, hilar, tejer, encurtir, salar, secar, fermentar, usar la greda, fabricar cestas, seleccionar las mejores plantas y animales, predecir el clima, cortar la madera en el momento adecuado, reconocer la luna para sembrar, podar y cosechar, son sólo algunos de los más comunes. Pueblos del mundo entero —bajo las más diversas condiciones ecosistémicas, sociales y culturales— construyeron sus saberes hasta lograr niveles de fineza y sofisticación que aún nos cuesta apreciar en toda su extensión.

El valor de tales saberes no ha pasado desapercibido. Incluso en sociedades en que cultivar la tierra fue considerado trabajo de clases inferiores, los saberes campesinos han sido reconocidos.

Poco se ha dicho, sin embargo, de otros aspectos de gran importancia. El primero, que los pueblos del campo han sido los que han alimentado a la humanidad, incluso en el momento actual, cuando se despliega una verdadera guerra contra campesinos y pueblos indígenas. Otro hecho ignorado es que los campesinos y campesinas del mundo han sido los creadores y diversificadores de todos y cada uno de los cultivos que hoy disfrutamos como humanidad. Fue la gente del campo quien llevó a cabo el largo, paciente y delicado proceso de convertir malezas y hierbas en alimento abundante, sabroso, nutritivo, atractivo. Fue ella —y especialmente las mujeres— quien tomó las semillas cuando emprendió viajes o fue forzada a abandonar sus tierras y las compartió y repartió literalmente por el mundo. Si hoy nos asombramos frente a la diversidad del maíz, la papa, el trigo, el arroz, los frijoles o fréjoles, es porque ha habido millones de hombres y mujeres del campo que los han cuidado, seleccionado y cruzado, adaptándolos a las miles de condiciones que surgen de la combinación de diversos ecosistemas, comunidades, culturas, aspiraciones, sueños y gustos.

El trabajo genético y ecológico hecho por manos campesinas, e indígenas en los cultivos que hoy nos nutren no tiene paralelo alguno. Nada de lo logrado por el mejoramiento genético moderno habría sido posible sin la base de domesticación, mejoramiento y diversificación presente en los cientos de miles de variedades campesinas a lo largo y ancho de la tierra. Ni el más sofisticado trabajo de cruza y selección hecho en algún centro de investigación puede compararse con la tarea de convertir el teocintle en maíz. Todos los mejoradores genéticos del mundo serían incapaces de reproducir la variedad de colores presentes en el frijol, o su capacidad para adaptarse a las más diversas y extremas condiciones de crecimiento. Y, a pesar de todas las investigaciones, aún nos queda mucho por aprender acerca de las finas interrelaciones establecidas en muchos sistemas de cultivos tradicionales.5

La escalada contra el maíz, con todos lo terribles riesgos que entraña, provoca, como resistencia, un proceso de reflexión, una posibilidad de horizonte no contemplado por los planificadores y los poderes mundiales.

El proceso de reflexión colectiva, organizativa, empata muchos tiempos dispares, algunos históricos, otros misteriosamente rozantes de lo sagrado, que hacen embonar el problema de un cultivo con vastísimas potencialidades, con la toma de conciencia del papel que juegan los campesinos —entre ellos centralmente los pueblos indios— en el futuro de la humanidad. No sólo a nivel meramente “alimentario”. Ante el edificio enorme de procesos que nos dejan fuera de las decisiones, y que al mismo tiempo nos aprisionan en las previsiones de una enormidad aparentemente inabarcable, resulta que quienes ven la complejidad en muchas de sus dimensiones, quienes se hallan más cerca de las soluciones viables, son justamente los pueblos campesinos, por lo menos en América Latina. La reflexión a la que se ven sometidos por la urgencia de sobrevivir —con dignidad y sentido real de ser— los hizo emprender el camino autonómico que en México es una respuesta ante el abandono y menosprecio de las instituciones de todo tipo; los hizo entender que desde la milpa se ve el mundo entero. Que mantener su amorosa relación con el maíz, les permite un resquicio como para no pedir permiso de ser —lo repetimos— y como tal, hacer el intento por impulsar procesos de resistencia real, política, social, económica, epistemológica, de dignidad y de justicia: un camino de autonomía.

Aldo González, reflexionando sobre su región —la Sierra Juárez de Oaxaca—, hace también precisiones que emparentan con lo anterior y que impulsan mucho de lo acordado en el segundo Foro en Defensa del Maíz:

Sabemos que para resistir necesitamos seguir sembrando nuestro maíz y lograr, al menos, la autosubsistencia alimentaria. Nos percatamos que el gobierno no está dispuesto a dar un solo peso para ayudarnos realmente a rescatar nuestro maíz; que el dinero de los programas de gobierno que llegan a nuestras comunidades está envenenado, que quiere destruirnos, echarnos a pelear, dividirnos, hacernos dependientes, hacernos individualistas. Por eso estamos conscientes que somos nosotros solos los que tenemos que defenderlo; por eso hay que hacer un llamado a nuestros hermanos que fueron obligados a migrar a los Estados Unidos, a que nos ayuden a cuidar nuestro maíz, a que orienten a sus familias a no consumir los alimentos procesados que se venden en los supermercados que se instalan en nuestros lugares para que allí se gasten los dólares que ganan con el sudor de su frente. Que esos recursos sean utilizados para consumir los productos que se hacen en nuestras comunidades, que nos ayuden a fortalecer lo nuestro. A los que quedamos en nuestras comunidades nos toca también hacer lo propio. Tendremos que imaginar qué mecanismos nos serán útiles para elevar la producción de maíz. Tendremos que tomar acuerdos en nuestras asambleas comunitarias y regionales: allí está nuestra fortaleza, desde allí resistiremos.

Podrán aprobar las leyes que más favorezcan al capital en materia de bioseguridad o transgénicos. Así los legisladores y los gobernantes sólo demostrarán que no conocen al pueblo que dicen representar. Si lo hacen, desde ahora les decimos que no cuenten más con nuestra obediencia. Los pueblos indígenas hemos resistido por cientos de años diferentes formas de colonización, y seguiremos resistiendo desde nuestras comunidades. El maíz ha sido la base de nuestra resistencia y no nos lo van a quitar. No nos dejan otra opción que ejercer la autonomía de los pueblos indígenas en los hechos, pero queremos expresarles a todos, que ejerceremos la autonomía con pleno respeto a la soberanía del pueblo de México. Nosotros no vamos a decir en discurso o a los medios de comunicación que vamos a defender la soberanía nacional y a escondidas pactar cómo vender el país y entregar las decisiones a entes externos que sólo protegen el interés del gran capital.6

Hoy, entonces, la autonomía de los pueblos indios y las propuestas de un futuro viable para todos, van de la mano. Por extraña paradoja, el corazón de un futuro posible pasa por la defensa del maíz y sus saberes, tan atacados por ciertos sectores de la ciencia. Defender el maíz es defender la vida y la cosmovisión campesina-indígena. Y viceversa. En ese camino emprendido, la gente de las ciudades tiene un papel que apenas comienza a reconocer. Esta vez, un proceso de resistencia ante las agroindustrias y las instancias de planificación mundiales y sus administradores encarnados en los gobiernos, culmina —en esta etapa— con un fortalecimiento de la relación entre diversos actores de la problemática, culmina con un proceso que está lejos de haberse definido, pero que refuerza la visión de horizonte que los pueblos estrenan apenas hace pocos años. El horizonte parece negro, pues el maíz y otros muchos cultivos estratégicos están en riesgo, y como tal la viabilidad del ámbito rural y el de las ciudades. Si la gente de las grandes urbes empata sus reflexiones y su crítica aguda, emprenderá el camino de relacionarse directamente con quienes la pueden alimentar, o enseñar a producir tambien alimentos propios, reconociendo su historia y el papel que tienen los campesinos aun hoy, en un mundo “globalizado”.

Pese a la migración y el vaciamiento, pese a la invasión de los grupos de delincuentes, pese a los megaproyectos y el robo de recursos, pese a la contaminación que enfrenta el maíz, pese al irresponsable y anodino actuar de los funcionarios y funcionarias indigenistas, agrarios, de agricultura y del ambiente, pese a la división diseñada e impuesta, la moneda está en el aire. La autonomía más fundamental es sembrar nuestros propios alimentos en el campo o la ciudad. No hay otra opción.

Los mara´akate (o sabios) wixárika han soñado que son tiempos oscuros los que se viven y que las velas de vida se están apagando en los cuatro puntos cardinales. Que sólo en el corazón de los pueblos “hay un cabito de vela titilando”. Pero también sueñan con que hay un resplandor inexplicable, que asoma por muchos rumbos no muy precisos y emprenden, como el resto de pueblos indígenas mexicanos, un intento frontal por decidir su destino. No confían en que ocurra algún milagro, se dedican a provocarlos.

Colectivo por la Autonomía, GRAIN, Casifop

Notas:

1 Verónica Villa, comunicación personal, 2002
2 Silvia Ribeiro: “Por el maíz vive el mundo”, abril de 2003. www.etcgroup.org

3 Ibid.

4 Grain: “Las enseñanzas del maíz”, Ojarasca en La Jornada 69, enero de 2003, www.grain.org Ver página 27 de este libro.

5 Grain: “La agricultura: sus saberes y cuidados”, Biodiversidad, sustento y cultura, núm. 59, enero de 2009.

6 “No permitiremos que maten el maíz”, Ojarasca en La Jornada 81, enero de 2004.

febrero 1, 2012

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