El despojo alimentario y el engaño de gobiernos y corporaciones

Ramón Vera Herrera

Ojarasca
Junio de 2013                                                                                                                  
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Squaw Jim (a la izquierda), un travesti crow, o berdache: “hombre vestido de mujer”.  Foto: John H. Fouch, 1877

Squaw Jim (a la izquierda), un travesti crow, o berdache: “hombre vestido de mujer”. Foto: John H. Fouch, 1877

Qué despojo más brutal puede haber que el que arranca la vida de alguien y la tira a la basura. La famosa acumulación originaria era el despojo de la tierra para luego arrebatar el fruto del trabajo de la gente. Con los siglos, las corporaciones han llegado a arrancar a la gente de sus fuentes de subsistencia, escindiendo a las comunidades de su territorio —tierra, agua, bosques, semillas—, y quitarles sus medios de subsistencia, sus estrategias y saberes mediante los cuales las comunidades lograron por siglos sustentarse, buscar y defender su vida, su historia, la justicia y su destino como comunidades y pueblos. La embestida corporativa llega hoy al punto de impedir y criminalizar justo todo aquello que ha sido el núcleo de los cuidados ancestrales que las comunidades atesoran en aras de ser independientes y autónomas.

Porque las corporaciones tienen desatada una invasión perpetua de los territorios y buscan someter a la gente con sus modelos autoritarios de producción y distribución, pretendiendo expresamente impedir el ejercicio de una producción independiente de alimentos, cuidar y aprovechar a su modo propio sus lugares de origen y su vida comunitaria.

El resultado es que la gente vive una devastación extrema, y termina expulsada, engrosando el ejército de obreros precarizados, propensos a las cruzadas contra el hambre y a la corrupción implícita en los programas de gobierno, o bien a la resistencia encarnizada y fiera contra todo este desperdicio de vidas. Despojarla de sus fuentes y medios de subsistencia no tiene otro resultado que fragilizar en extremo a los agraviados, que pueden hundirse en la necesidad y la escasez, de tal suerte que no parezca quedarles otra que aceptar las condiciones de trabajo, vivienda y explotación que los patrones imponen.

El discurso oficial de gobiernos y corporaciones ha sido: “Ya no trabajen cultivando o produciendo su propia comida, nosotros somos quienes podemos hacerlo. Tenemos los medios, somos más listos y más limpios. Somos los emprendedores, los más preparados para producir alimentos para todos”.

A lo largo de los siglos este arrancar a la gente de su fuentes y medios de vida ha significado la erosión de los saberes y la confianza de las comunidades, la erosión de la memoria, la fragmentación de la comunidad, el vaciamiento de los territorios y del breve espacio de libertad e independencia que han gozado. Algo muy brutal es que trastocan la relación creativa entre la gente (y con su territorio), y la producción de alimentos se vuelve trabajo asalariado y esclavizante. La misma memoria de haber tenido una relación creativa con el entorno puede desaparecer. Cuando ésta no ha desaparecido y la gente se empeña en reivindicarla, las corporaciones y los extensionistas del gobierno fustigan: “¡Culturalistas!, reivindican sus siembras tradicionales por costumbre, aunque no funcione ya. Tendremos que permitirles que sigan sembrando su maíz nativo, pero sólo porque somos multiculturales y pluriétnicos”, u otra variante de condescendencia y menosprecio racista.

Todas las razones de cosmovisión que hoy se invocan como “culturalistas” (el maíz es nuestra madre, nuestra hermana o hija, por ejemplo) son demostración de la relevancia y pertinencia de un ser como el maíz, y de la trascendencia de todos los cuidados y estrategias antiguas que les resultaron a los pueblos por milenios. Tal cúmulo de saberes, métodos y técnicas, con sus rituales asociados, sigue vivo, a contrapelo del tamaño y vastedad del ataque. Los rituales forman parte de los cuidados, del tramado de saberes con que se garantizaba la subsistencia y el equilibrio del todo: no son la causa primera, sino la demostración de una eficiencia y su agradecimiento, expresión de su importancia extrema.

Según datos de grain, las comunidades en el mundo entero, con menos del 30 por ciento de la tierra, siguen produciendo más del 60 por ciento de la comida que alimenta la humanidad. El sistema agroalimentario nos quiere promocionar el 40 por ciento restante como “la totalidad” y cacarea que alimenta al mundo con su basura. Quedar en sus manos, tragándonos el cuento de que ellos nos alimentan, provocará devastaciones, mayor fragmentación y una sumisión planetaria inaceptable.

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