Disolver fantasmas

Gustavo Esteva

La Jornada

7 de julio de 2014

Llovió en mi milpa electrónica. Molestaron mis observaciones sobre la naturaleza fantasmagórica del Estado, la nación y la democracia. Lo que más se resintió fue lo de la nación; hasta me acusaron de traición a la patria.

Hace 15 días argumenté que la nación es una palabra que no alude a algo real, sino que se construye como símbolo. Desde hace mucho tiempo se le usa para manipular, controlar y dominar a la gente.

Luis Villoro fue probablemente el primero en mostrar cómo surgió la idea de nación en nuestro continente. Nos permitió ver que el movimiento intelectual y político que llevó a la independencia de México encontró inspiración en las ideas de Francisco Javier Clavijero. Con otros jesuitas criollos, forzados como él al exilio en 1767, Clavijero construyó una historia antigua de México que reivindicaba y exaltaba nuestra tradición indígena y nuestra realidad natural, para desmantelar los prejuicios europeos sobre las características de hombres, plantas y bestias en el continente americano. Por primera vez nos equiparó con ventaja al colonizador y sembró la idea de una existencia política propia.

Morelos rechazó ser tratado como alteza serenísima. Prefería ser “siervo de la nación”, cuyos sentimientos había identificado: la “nación” quería ser católica, libre e independiente de España.

Nuestra primera Constitución, en 1824, recogió esos “sentimientos” y mostró bien el carácter de la “nación”. En ella “reside radical y esencialmente la soberanía”. Por medio de sus representantes, la “nación” adoptará la forma de gobierno que le parezca. Al dar forma al nuevo Estado-nación, esos padres de la patria mencionaron una sola vez a los indígenas, que entonces representaban dos terceras partes de la población: el Congreso podría negociar tratados de comercio con otros países y con tribus de indios. Les parecieron extranjeros.

La Constitución de 1857 quitó a la nación su catolicismo intolerante, pero ni ella ni la de 1917 cambiaron el carácter inasible de la “nación”, esa vaga e inmarcesible dueña y señora de vidas y haciendas, que sólo existe al encarnar en representantes y gobiernos. Tras ellos mantiene discretamente su condición fantasmagórica, que comparte legalmente con el “pueblo”, el cual se convirtió en 1857 en titular de la soberanía que ella poseía.

Esos representantes y gobiernos en los cuales encarna la “nación” se ocupan de cambiarle continuamente forma y figura, reconstruyéndola a su imagen y semejanza conforme a las modas del día. Un par de ejemplos puede ilustrar esas mudanzas. Dejó en 1857 de ser católica intolerante, como fue al nacer, pero desde Salinas los gobernantes resisten y desvirtúan el carácter secular del gobierno y exhiben tanto como pueden su fe católica. Como se dio a la “nación” la facultad de constituir la propiedad privada, cediendo a particulares lo que le pertenece, los gobernantes la despojan hasta de sus riquezas más preciadas cuando así les parece, como están haciendo ahora; afirman, al hacerlo, que es para su beneficio (el de la “nación”).

Diversas encarnaciones del PRI emplearon el “nacionalismo revolucionario” como bandera patriótica de dominación hasta 1982, cuando terminó la administración de quien se llamó a sí mismo el último presidente de la Revolución. Salinas intentó sustituir esa ideología por el liberalismo social, para disimular la transición al neoliberalismo inaugurada por De la Madrid y que hasta ahora define la orientación de la “nación”.

En los últimos años de su fructífera vida, don Luis Villoro celebró el hecho de que los zapatistas y los pueblos indios estaban tratando de arrebatar a los gobernantes su apropiación ilegítima de los símbolos de la nación. Lejos de todo separatismo o de cualquier intento de fragmentar el país, se propusieron reconstruirlo desde abajo.

“El personaje que retoma las banderas de la dignidad y la justicia no tiene nombre”, señaló don Luis. “Son los pueblos indígenas, particularmente los que se rebelaron en el sureste de México, los que retoman esas banderas y vuelven a expresar su repudio a quienes las han olvidado” ( La Jornada, 11/1/99, p. 16). Abrigaba la esperanza de que ellos, junto con un sector de la sociedad civil “que ya ha llegado al límite de la tolerancia hacia la corrupción y el desmoronamiento del Estado actual”, crearán un nuevo proyecto nacional.

En esa perspectiva, la “nación” dejaría de emplearse para imponer voluntades e intereses a los mexicanos. Podría ser símbolo de un acuerdo entre ellos para vivir en libertad y armonía, cuidando juntos de la porción de la madre tierra que han heredado y quieren cuidar. No se le atribuirían facultades y capacidades que no puede tener y nadie podría envolverse en ella para delinquir. Encarnaría en nosotros, no en representantes o gobiernos.

gustavoesteva@gmail.com

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julio 7, 2014

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