A donde se vaya, un indio emigra

Ana Matías Rendón

Ojarasca

Agosto de 2014

A donde se vaya, un indio emigraLos Estados Unidos: Chicago, New York, Los Ángeles, todo California; cualquier parte de México, ciudad o terreno agrario: Distrito Federal, Monterrey, Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Baja California; más allá del mar finito o en Nuestra América, ningún lugar es igual a otro, cada uno es diferente de sí, y adonde sea que el indio va, es el intruso; pisa el lugar que no es aquí ni allá, una zona que no refleja lo que es, un espacio-tiempo perdido que lo llena con insolencia. Destino de la inmigración: transición inevitable.

La cuestión es: ¿a todos los indios les va igual? Los temas son recurrentes: políticas públicas que impiden el desarrollo individual y colectivo, una economía moderna que obliga a salir de las comunidades de origen y contribuye a la informalidad de los miembros de los pueblos originarios en las ciudades, la pérdida de valores tradicionales que fomenta la desaparición de la cultura o ausenta la identidad original. La transición es un asunto peliagudo.

No hay una condición homogénea, aunque puede decirse que existe una generalidad. Recaen sobre los indígenas: la discriminación racial; el clasismo por su pobreza material y por el analfabetismo cultural; la falta de oportunidades laborales y educativas; la obligación a mudar las ropas, hablar una segunda lengua en su país, a cambiar de costumbres. En su nombre se diseñan mecanismos jurídicos, discursos de defensa, artículos bien y mal intencionados, investigaciones concienzudas… y quienes miran en medio del remolino de ideas múltiples sobre los indios, piensan, son homogéneos.

Las sociedades indígenas son tan complejas como los grupos sociales que conforman una nación; divididos por zonas étnicas, se subdividen por regiones, luego por cabeceras municipales y rancherías. Cada pequeño núcleo tiene su propia forma de vida que dista de la más cercana, pero las diferencias no son tantas cuando las entiende quien vive en ellas. Cada sociedad indígena tiene sus propias reglas de justicia y repartición de tierras, en cada una prevalecen los comerciantes que tienen voz gracias a su dinero, familias de principales que se ven amenazados, campesinos pobres descontentos, profesionistas que encuentran oportunidades negadas a sus padres. No es una ciudad, es una comunidad. Entonces, no existe una consecuencia unificada en la emigración, como no hay una vida singular en las comunidades.

Los hijos de familias bilingües, regularmente, tienen un mejor estatus que los hijos de campesinos monolingües, los hijos de maestros o profesionistas aprenderán mejor que aquellos cuya posición social-económica jamás les haya permitido mirar el otro-mundo. Sí, algunos ya reciben apoyos económicos gubernamentales, otros no. También este último aspecto entra como guimbalete para alterar la maquinaria social que, a veces, nos impedimos ver.

Tan diferentes y a la vez tan similares. Los indígenas migrando abren nuevos espacios de interacción, crean y modifican subjetividades, cuestionan modos de vida y se cuestionan a sí  mismos en el enfrentamiento con el mundo, hasta perderse. El indio está en medio del desarraigo a lo “original” y en una marginación de lo “nuevo”, pero el indígena se encuentra allende de las bifurcaciones, dicotomías y dialécticas que han atrapado a su imagen; él es una transformación continua —muy a pesar de los defensores del egipticismo de Ramos—, provoca transiciones, mimetizándose con ellas.

¿Aún no lo sabemos? ¿Podremos asumir la transición sin resentimientos y culpas? Transitar entre lo original y lo nuevo, atrapados por un dios impuesto que se venera con fervor, en la defensa de tradiciones que no son las mismas que las practicadas por los antepasados, resistiendo los embates de los de siempre, mintiéndonos con las viejas mentiras y mirando el presente con aliento de vida.

Adquirir, paulatinamente, lo que los otros ofrecen e imponen. Un proceso que se puede notar con otros migrantes a lugares similares, mexicanos —por igual— a Estados Unidos; la persistencia —algunos dirán “necesidad”— de los indios por defender sus tradiciones a donde sea que vayan, seguirá siendo lo gravoso del asunto de la integración. La heterogeneidad de las condiciones individuales complica el análisis de la inmigración.

Más allá de todo lo que implica el indígena migrando, se encuentran los hombres y mujeres que se enfrentan a condiciones internas y externas que imposibilitan la ruptura y aceptación de la integración, sin embargo, son ellos quienes dan un paso por encima de la desvaloración de las ideologías predominantes como de los propios prejuicios indígenas La realidad existe lo mismo si no se nombra.

Ana Matías Rendón estudió filosofía. Autora de un ensayo bilingüe (mixe-español) en el libro colectivo Pensamiento y voz de mujeres indígenas (INALI, 2012) y de un breve ensayo sobre la construcción de la imagen del indio en Tierra Baldía, número 54. Dirige la revista electrónica Sinfín.

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