Opinión

La fuerza de lo indígena

Foto: Prometeo Lucero/ Archivo Fotográfico del Centro de Derechos Humanos Tlachinollan. En libro "El Maíz no es una cosa, es un centro de origen"

Foto: Prometeo Lucero/ Archivo Fotográfico del Centro de Derechos Humanos Tlachinollan. En libro «El Maíz no es una cosa, es un centro de origen»

Esa tendencia presidencial y de algunos gobernadores a salir apachachándose y besuqueándose con indios en trajes tradicionales, ¿no será que delata, más que oportunismo o demagogia, una verdadera preocupación por la cuestión indígena? Un miedo consistente. Bien quisieran que fuera la última de sus preocupaciones, ellos que se sueñan jugando en ligas mayores, aunque no pasen del planeta Hola! Al fin son los mismos que se encargan de ocultar, borrar o deformar los acontecimientos reales de los pueblos; los que hacen lo posible por legislar en su contra entre más los celebran y reconocen. ¿Cómo interpretar que los presos políticos más importantes en México sean dirigentes indígenas, mientras el discurso oficial, muy permeado en la sociedad mayoritaria, asigna a los indios las categorías de pobres, mal alimentados, esclavizados, supersticiosos, manipulados, irredentos? Ya no son las secretarías de Educación Pública o Reforma Agraria las que regulan las políticas hacia ellos, sino las de Desarrollo Social y Defensa Nacional. Pasaron de asunto étnico, cultural y agrario, a trámite en la ventanilla de limosnas y a objetivo militar. El afán por devaluarlos lleva siglos, cambia de estilo nada más, y algo habrá que en plena carrera al abismo neoliberal el poder ve en los pueblos originarios del siglo XXI el único obstáculo que sale de su control.

Hoy, que el territorio nacional quedó cuadriculado, rentado, cedido o apalabrado, salta a la vista que, mal que bien, los pueblos originarios habitan territorios de los que son dueños legítimos, donde han vivido y circulado milenariamente a pesar de los embates brutales de las colonizaciones sucesivas. Donde la producción agrícola aún es viable sin la mediocre uniformidad industrial, ya no digamos transgénica. Donde se resguardan los recursos naturales mejor conservados. Donde siguen vigentes formas alternativas de organización social y de gobierno. Y en ningún lugar del mapa estos pueblos amenazan la soberanía o la integridad de la Nación. Son los que menos.

No obstante, sus regiones aparecen precisamente como las más militarizadas, las que viven en estado de excepción y se les criminaliza por motivos políticos de fondo, distorsionados mediante la proliferación de bandas criminales a gran escala que atraviesan y acaparan las tierras indígenas. Qué casualidad que luego cualquier localidad por ahí resulte con vocación minera, esa estupidez formulada por las trasnacionales y quienes las respaldan en Wirikuta y Ayotitlán. O con potenciales eólico, hidroeléctrico, turístico.

En su totalidad, la política hacia los pueblos es contrainsurgente, busca desactivarlos. Cooptar, dividir, aculturar, uniformar, desplazar son parte del paquete. Desalentar la milpa, el uso de las lenguas propias, de la dieta tradicional preferible a las nuevas cochinadas que les venden. Desarticular la familia y la comunidad. Perseguir, castigar, desaparecer, masacrar.

En casi cada esfera de su vida social México atraviesa un periodo de decadencia que, siendo grave y alarmante, nada indica que durará poco. Un poder corrupto sólo puede corromper, y a eso se dedican ahora el Estado, los empresarios y las expresiones ilegales del mercado. Para los pueblos indígenas, corruptas serán las elecciones, las consultas, las asignaciones presupuestales, las decisiones judiciales y agrarias; la contrainsurgencia es corrupta en toda la extensión de la palabra. El conjunto configura una conducta criminal que el Estado nos quiere vender como modernización.

¿A qué tanto empeño por desbandar a los pueblos? A que la fuerza de lo indígena es insoslayable en México, como en otras partes de las Américas, por más que la achiquen los censos y los reglamentos. Con cuánta frecuencia las concepciones y prácticas sociales de los pueblos tradicionales son más sensatas y justas que las de la sociedad dominante. Y más en la actualidad. Los conceptos indígenas sudamericanos de Buen Vivir y Sumak Kawsay, que en México hacen eco de muchas y naturales maneras, no son tan esotéricos o new age como quisieran sus críticos racionalistas. Si lo indígena se tratara sólo de un cuento folclórico no habría por qué dedicar tanta atención en acallarlos, quitarlos, engañarlos y, pian pianito, exterminarlos.

No son sujetos, sino objeto de programas. Se niega de entrada la dimensión civilizada de sociedades agrícolas viables, que serían más prósperas, si los poderes centrales y regionales dejaran de agobiarlas. Hay una fortaleza allí. Desafía los pronósticos. Con base en parámetros inadecuados, la minimizan demográficamente y la degradan a pobreza extrema.

El poder ha concluido que para neutralizar la fuerza de lo indígena, la estrategia consiste en no dejar ni un minuto a los pueblos en paz. No darles reposo. Traerlos dando vueltas y perdiendo su tiempo. Nunca darles la razón, aunque la tengan. Si el poder los sigue golpeando mientras parlotea en el vacío es porque no ha podido con ellos.

Por Hermman Bellinghausen

Fuente: La Jornada

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