Opinión

¿Quién podrá salvarnos?

 

El acaparamiento de las tierras de cultivo por empresas multinacionales y Estados preocupa cada vez más, porque afecta tanto a los agricultores como a la soberanía de los Estados. En numerosas regiones, los productos alimentarios parten al extranjero y la población local se empobrece doblemente porque no tiene ni alimentos ni tierra.
Papa Francisco

El mundo enfrenta un reto de enormes proporciones, una crisis que, entre otras, incluye dos dimensiones fundamentales: el dramático deterioro ambiental y la profunda debacle alimentaria. Estamos en una encrucijada de orden civilizatorio ante la que sólo se abren dos caminos: el de un acaparamiento, concentración y extranjerización de las tierras de los pueblos sólo comparable con lo que se dio durante la vieja colonización, y el que mediante el fortalecimiento de la agricultura campesina detiene el deterioro ambiental y la astringencia alimentaria por medio de aprovechamientos sostenibles, diversificados y respetuosos de la naturaleza. La primera opción profundiza la crisis, la segunda permite remontarla.

Entonces, para hacer frente al estrangulamiento general y alimentario que sacude a una modernidad capitalista fincada sobre las ruinas de la comunidad agraria y montada sobre la opresión colonial, es indispensable revitalizar y actualizar el ancestral paradigma de los labriegos. Un viejo y nuevo modo de ser que además tiene sujeto, pues en el tercer milenio los indios y campesinos –los colonizados y los explotados rurales- están en marcha. No sólo resisten defendiendo sus raíces ancestrales y su pasado mítico, también amanecieron utópicos y miran hacia adelante esbozando proyectos de futuro.

Foto Cristian ReynaEl problema del hambre, que agravia a más de 800 millones de personas, nos concierne a todos: quienes producen y consumen alimentos y quienes sólo los consumen. Razón por la cual demanda estrategias integrales que tengan en vistas tanto a la ciudad como al campo. Pero ante todo es necesario que las comunidades, las regiones, los países y la humanidad entera recuperen la soberanía alimentaria cedida a las trasnacionales. Y para recuperarla no podemos apostar por un agro negocio al que sólo mueven las ganancias que reportan la exportación y el monocultivo. Un modelo tecnológicamente predador, socialmente injusto y ambientalmente insostenible que con su abuso de los insumos tóxicos envenena a la naturaleza, a los productores y a los consumidores. Una economía especulativa que lucra con el hambre.

Sin ser excluyente, pues cuando se trata de cosechar alimentos nadie está de más, la opción más promisoria y estratégica es la pequeña y mediana producción. Una agricultura que, pese al abandono, desgaste y agresiones a que ha sido sometida, sigue alimentando a gran parte del mundo con productos no sólo sanos sino también identitarios, es decir representativos de la diversidad sociocultural.

Pero la pequeña y mediana agricultura no podrá potenciarse y alimentar a una población mundial creciente si se le siguen arrebatando tierras y aguas a los campesinos. Despojo que se intensificó hace algunas décadas y que en los años recientes devino carrera vertiginosa por repartirse el mundo barriendo con quienes lo habitan y lo mantienen vivo. Es necesario, es urgente, detener y revertir este proceso y restituir a los indígenas, campesinos y afrodescendientes las tierras que les fueron arrebatadas. E incluir en especial en este acto de justicia a las mujeres, cuyos derechos generales y agrarios han sido históricamente ignorados por el patriarcalismo ancestral y aún imperante.

Y este rediseño de la tenencia habrá de lograrse no mediante bancos de tierras o entrega condicionada y a cuentagotas de parcelas familiares, sino por medio de verdaderas reformas agrarias: mudanzas profundas que permitan restaurar la relación originaria de las comunidades con sus ámbitos territoriales, rota de antiguo por un sistema privatizador y anti campesino.

La restitución es indispensable desde la perspectiva del hambre, pues no se puede esperar un aporte decisivo de los campesinos a la soberanía alimentaria si éstos no tienen tierras suficientes. Pero la restitución debe hacerse también y sobre todo porque es un derecho de los pueblos, un derecho histórico sustentado en la ocupación ancestral y reafirmado por el trabajo.

Defender y potenciar la buena agricultura que practican las mujeres y los hombres del campo pasa por cambiar los patrones actuales de tenencia de la tierra y por reconocer los modos de vida de los pueblos campesinos. Sin embargo, no puede quedarse en esto, pues está visto que en un entorno económico desfavorable y sin recursos para cultivarlas y vivir dignamente de ellas, los labriegos abandonan o enajenan sus parcelas.

Es necesario entonces que los gobiernos se comprometan con políticas de fomento agropecuario diseñadas no como hasta ahora para favorecer al agro negocio y hacer dependientes a los campesinos fomentando el uso de agro tóxicos y de semillas transgénicas, sino adecuadas a sus necesidades, usos, y prácticas agrícolas. Lo que incluye infraestructura, crédito, esquemas de comercialización, investigación tecnológica, entre otros bienes y servicios. Políticas y acciones que no debieran diseñarse e implementarse desde arriba sino en diálogo y consenso con los productores, sus comunidades y sus organizaciones, que son quienes en verdad saben lo que hace falta para revitalizar al campo.

La crisis ambiental que nos sacude es una catástrofe mecadogénica que a todos incumbe. Sin embargo lo que se haga en el ámbito rural por contenerla es decisivo, pues es ahí donde se escenifica la más dramática destrucción de los ecosistemas y las culturas rurales y donde la batalla por su preservación y restauración es más intensa. Y en esta batalla los campesinos son protagonistas mayores pues para ellos la tierra no es un simple medio de producción ni menos una mercancía, sino parte sustantiva de un binomio inseparable, de un todo armónico constituido por sociedad y naturaleza.
Los campesinos no sólo nos alimentan, al mismo tiempo preservan la vida del planeta. De modo que también en este ámbito tienen derecho al apoyo. Por una parte la comprensión, el respaldo y la corresponsabilidad de la población urbana, y por otra el reconocimiento y la retribución de sus aportes vía el Estado. La madre naturaleza no tiene precio pero los esfuerzos para devolverle la salud que le hemos quitado suponen costos que la sociedad debe reconocer y sufragar.

Sin la participación de todos en las decisiones, es decir sin democracia, los caminos se cierran. Y el mundo rural la necesita con urgencia. Pero también en esto los indígenas, campesinos y afrodescendientes nos enseñan que no hay una sola manera que practicar la democracia sino muchas. Y si los dejan, ellos priorizan la democracia participativa y consensual, una democracia desde abajo, una democracia comunitaria que es la única que legitima a los gobiernos locales, estatales y nacionales.

La gran crisis no sólo es ambiental y alimentaria, también es civilizatoria por cuanto pone en cuestión los grandes paradigmas de la modernidad: el desarrollo y el progreso entendidos como crecimiento económico a toda costa. Y también ahí el mundo indígena y campesino nos da lecciones. Por una parte el concepto del buen vivir, propio de los pueblos mesoamericanos y de los andino-amazónicos, pero también el concepto de bienestar como aspiración ancestral de todos los campesinos del mundo. Paradigmas, estrategias de pensamiento y sistemas de valores que en tiempos de crisis e incertidumbre son sin duda inspiradores.

Estamos ante una encrucijada epocal que nadie puede soslayar. El orden clasista, colonial y patriarcal que además de destruir a la naturaleza explota a los trabajadores, somete a los colonizados, oprime a las mujeres y excluye a los jóvenes robándoles el futuro, debe ser dejado atrás. Y la vía más promisoria es la que señalan los indígenas y campesinos. Escuchemos sus voces.

*Recojo aquí lo fundamental del Llamado a los pueblos y gobiernos latinoamericanos con que culminó el encuentro sobre desarrollo rural convocado por el Foro Mundial de Alternativas y realizado en La Paz, Bolivia, entre el 21 y el 28 de octubre de 2013.

Por Armando Bartra, 15 de Agosto 2015.

Fuente: La Jornada del Campo

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