Opinión

Rendijas en un planeta domesticado

Ganar nuestra libertad significa, en primera instancia,
arrancarle algunas hectáreas al rostro de un planeta domesticado.
Attila Kotanyi y Raoul Vanegeim,
Manifiesto por un urbanismo unitario. 

Qué espacio de participación política es verdadero y nuestro, libre, en los valles, quebradas, planicies, bosques, selvas, riberas o costas donde vivimos: en fábricas, maquiladoras, campos de labor, sindicatos y enclaves gremiales, en barrios abandonados y rancherías.

Quién detenta los poderes regionales: quiénes son los comerciantes, los acaparadores, los ganaderos, los jefes políticos, los caciques, los contrabandistas y abigeos. Qué papel juega el cura, las religiosas, las diferentes denominaciones eclesiales, la burocracia, el personal hospitalario, los profesores, los invernaderos, los expendios de insumos agroquímicos, semillas e implementos agrícolas; los ingenieros, los extensionistas, el ambulantaje, las tabiqueras, los grupos que introducen mercancía importada. Quiénes son los transportistas, los prestamistas, los predicadores, los traficantes de personas, los especialistas en el coyotaje y los trámites.

Por qué son condenadas las madres a parir en condiciones ajenas, impuestas, cuya artificialidad fragmenta la relación estrecha con sus recién nacidos en el amamantamiento, y se ven obligadas a recurrir a la alimentación nociva de las leches en polvo.

Santiago Tuxtla, Veracruz. Foto: Adrián Álvarez R.

Santiago Tuxtla, Veracruz. Foto: Adrián Álvarez R.

Por qué son marginadas las parteras tradicionales y perseguido su oficio, y por qué, en varias entidades de México por lo menos, existe ya la negativa a entregar certificados de nacimiento, papel indispensable para elaborar un acta de nacimiento que otorga todo un futuro de ciudadanía, si el niño o la niña no nacieron en una clínica.

Cómo entender programas dizque asistenciales que encaminan a las mujeres de la comunidad a embarcarse en producir poniendo en prenda hectáreas de tierra totalmente titulada a nivel individual que se pierde si algo falla en el cumplimiento del contrato.

Quiénes y dónde llegan los enganchadores para llevarse gente a laborar en campos del norte del país o en algunas regiones productoras de Occidente en las peores condiciones de esclavitud.

Qué megaempresas agroindustriales van acaparando inmensas extensiones de tierra comunal devastando todo a su paso, e imponen sus tiendas de raya, promueven alcohol, droga y prostitución clandestina afuerita de las puertas y ejercen el control con golpeadores profesionales y divisionismo sindical.

A cuántos jornaleros en el norte del país, aunque dizque sigan siendo dueños de su tierra, ésta les fue acaparada y es un instrumento más en su contra, porque en ella tienen que trabajar precarizados, sobreexplotados y envilecidos por cien pesos diarios, menos de 10 dólares al día.

Quiénes deciden el destino de alguna mujer en la maquiladora, y para qué turbios fines trabajan quienes hostigan a las obreras o finalmente las secuestran, las violan, las asesinan y las tiran a la basura.

Cómo explicar las inundaciones súbitas que caen sobre las comunidades donde cerca hay monocultivos mecanizados de escala industrial.

Cuáles son las razones para invadir México con maíz industrial de importación (a todas luces transgénico).

Cómo defender a las abejas y su miel de la contaminación de la soya transgénica y el veneno glifosato que viene con ella.

Dónde y quiénes deciden el auge de las autopistas y carreteras que abren los territorios a la tala clandestina o “legal”, a la minería o la urbanización no sólo sin consentimiento sino en perjuicio de las comunidades.

Cómo lograron penetrar las inmobiliarias el tejido de la región imponiendo unidades “de interés social”, sin futuro ni vida comunitaria, en el hacinamiento, la dependencia a los bancos y la ausencia de servicios elementales en una estafa de nivel planetario.

Cuál es el relato tras los accidentes de grandes camiones, sabiendo las prolongadas jornadas de manejo, los horarios tan estrictos y apurados que cumplir, el extenuamiento impuesto por las condiciones laborales, la carga en el alma que significa la carga material, a veces desconocida y peligrosa que deben transportar.

¿Y las historias no contadas de los criaderos industriales, las textileras, las cementeras, los rastros, las plataformas petroleras, los talamontes, los laboratorios farmacéuticos y los barcos pesqueros industriales? ¿Y tanta narración de albañiles muertos y desaparecidos en las construcciones?

Por qué se ejerce una violencia generalizada como moneda de cambio en las relaciones. Qué agencias gubernamentales dividen a las comunidades. Qué papel juegan los programas de asistencia, educación, salud, “cultura” y desarrollo que impulsa el gobierno.

Cuáles serán los impactos de las reformas energéticas sobre la propiedad social de la tierra y por qué la imposición de una servidumbre extractivista por encima de cualquier destino que la tierra tuviera. Cómo es posible que una cuarta parte del territorio nacional esté concesionado a las mineras.

Cuáles son las excruciantes razones del exilio y el vaciamiento de los territorios. Quiénes tienen los hilos de la vejación y extorsión ilimitada de los migrantes que cruzan el territorio nacional.

Cómo envenenan las fumigaciones agroindustriales a las comunidades rurales.

Por qué es crucial defender los manantiales, los pozos artesanos propios, los cauces, de tal modo que el agua siga siendo comunitaria y no privada o pública.

“Debemos volver a prestar atención a las diversas escalas temporales de lo que nos circunda”, dice John Berger, “recomponer nuestra atención a los diferentes procesos que como un gran contrapunto, nos abren la complejidad que puede no ser inteligible a primera vista”.

Esta complejidad, este contrapunto de procesos “dispares” nos mete a entender los metabolismos —el sentido de los flujos, los destinos posibles— de actos que aislados no se entienden, porque no conocemos su trayecto, o su origen.

Uno muy concreto abarca el acaparamiento de tierras emprendido por las corporaciones, que cambia el uso al suelo, deforesta regiones enteras, impone monocultivos industriales, semillas de laboratorio y paquetes de agrotóxicos. Deshabilita los esfuerzos productivos de la gente logrando desplomar la rentabilidad de sus actividades de subsistencia hasta arrancar a la gente de su propia tierra. Se apropia del transporte, el almacenado, la industria del procesado y las transformación, e invade, esquina a esquina, los canales de distribución para romper el comercio independiente y establecer un control absoluto sobre la disponibilidad de conseguir ciertos alimentos (todos ellos procesados), mientras la gente precarizada se va a las ciudades o a los campos de jornaleros a buscar un futuro diferente, más significativo y menos violento, encontrando peores penurias y ruindades sin fin. Y los territorios vacíos son ocupados por las industrias extractivas.

Niño chapero (revelado al cromógeno, original en color). Foto: Saúl Ramírez

Niño chapero (revelado al cromógeno, original en color). Foto: Saúl Ramírez

Empezar a arrancarle hectáreas físicas e imaginativas al rostro del planeta domesticado implica reconstituir nuestro entorno, nuestras personas, nuestros colectivos. Retejer los hilos que nos rompieron, entender nuestro exacto lugar como centro de nuestra experiencia. Pensar con quién podemos trabajar en colectivo, el ámbito del nosotros y la comunidad, pensar nuestros ámbitos, el lugar que vivimos. Entender que cada rincón es un centro. Que somos el centro de nuestro proceso histórico y particular condición espacio-temporal.

Para compartir plenamente, para ver juntos en una misma dirección como insistía Julio Cortázar necesitamos resituarnos de continuo con cada persona o comunidad, saber que nos traducimos todo el tiempo.

Para John Berger, “tratar de entender la experiencia del otro hace necesario desmantelar el mundo tal como lo vemos desde el lugar que ocupamos y rearmarlo como lo ve ese otro desde su lugar”. Esta traducción nos pide resonar con esa otra persona, colectivo o comunidad, y no solamente intervenir volviendo objeto de nuestra conmiseración a quien “acompañamos” en “su” proceso. No es sólo “penetrar la subjetividad de ese otro”: “la subjetividad de algún otro no constituye, simplemente, una actitud interior diferente ante los mismos hechos exteriores. La constelación de hechos, de los cuales él es el centro, es diferente”.

Ser centro único de nuestra experiencia implica que todos somos insustituibles.

Somos iguales en que somos diferentes. Todas las rendijas nos abrimos al universo entero.

Somos un cruce de caminos. Abrirnos espacios de diálogo y reflexión (con la condición de intentar entender en colectivo y no imponerle nada a los demás ni dejarnos imponer nada), abre potenciales luchas de resistencia desde los resquicios que somos, verdaderos centros del mundo para la gente que los habitamos e interactuamos ahí, proponiendo una vida, un futuro, relaciones significativas y justas ante el horror que vivimos. Tales rendijas abiertas son bolsas de resistencia (por estar dentro, pero fuera, de algún modo, del arrasamiento general). Desde ahí todo vuelve a ser posible.

Por Ramón Vera Herrera

Fuente:Ojarasca

agosto 13, 2015

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