Opinión: Autonomía de los Pueblos

Autonomía para que sean los pueblos

Agrupaciones convocantes al primer Congreso Nacional de Mujeres Indígenas aseguraron que los problemas que enfrenta este sector de la población se han agudizado con el incremento de la violencia, la pobreza y el despojo de territorios. En la imagen, yaquis de Vícam, Sonora/ Foto: Víctor Camacho

Foto: Víctor Camacho

La legitimidad de las demandas

Una certidumbre recorre de principio a fin el libro Autonomía y derechos indígenas en México de Francisco López Bárcenas, y en general la totalidad de su vasta obra de reflexión y documentación: las luchas emancipatorias de los pueblos son legítimas en un mundo de legitimidades derruidas. Eso les otorga un valor ejemplar y hasta salvador, en tiempos donde corren riesgos inauditos la integridad nacional, la convivencia social, el hábitat humano y los recursos que lo sustentan, la tolerancia entre culturas, creencias y filiaciones políticas. Tiempos donde los pueblos mismos enfrentan, de nueva cuenta, agresiones de exterminio por parte de los poderes. Estos pueblos “no recorren los mismos caminos que el resto de la población”, apunta en sus conclusiones López Bárcenas. En todos los tipos de resistencias que éstos ejercen existe un denominador común: la determinación de “dejar de ser sociedades colonizadas para integrarse en una sociedad igualitaria y multicultural, pero en serio”.

A más de ofrecernos un claro y completo registro de dónde están (y dónde no) las leyes nacionales y estatales en relación a los pueblos y culturas indígenas, puestas en contraste con las demandas históricas y contemporáneas, regionales y nacionales de los pueblos, comunidades, tribus, distritos y regiones indias, López Bárcenas subraya la esencia de los reclamos y las luchas, su “eje central”, el que da sentido a todas sus demandas: “la autonomía y alrededor de ella la defensa de sus territorios y los recursos naturales en ellos existentes, que sumados nos arrojan una defensa del territorio nacional y sus recursos naturales”.

“Esto nos lleva a un terreno más pantanoso que es necesario comprender: en el fondo de las reivindicaciones de los pueblos indígenas flota la idea de que el paradigma de vida occidental ha entrado en una crisis civilizatoria sin retorno, que nos urge a encontrar nuevos modelos de vida que sustenten nuestras esperanzas de que la vida podrá subsistir por mucho tiempo. En esto las luchas de los pueblos indígenas tienen mucho que aportar: la relación de respeto de los pueblos indígenas con la naturaleza, la filosofía de la solidaridad por sobre las relaciones económicas, el trabajo y el festejo como dualidad en las relaciones sociales. De ese tamaño es el reto. Por eso las luchas de los pueblos indígenas son luchas de toda la humanidad. En la descolonización de los pueblos indígenas se encuentra la libertad de todos los ciudadanos y pueblos”.

Autonomía y derechos indígenas en México, que ahora se actualiza, es ya un texto indispensable en estos asuntos que, pareciendo tan académica y políticamente marginales, sectoriales o minoritarios, poseen una trascendencia que cala hondo, al grado de ser, como apunta el autor, una de las pocas y más plausibles opciones de salvación de nuestra soberanía, nuestro buen vivir y hasta del futuro como la nación de pueblos que somos, por más que la sociedad mayoritaria se siga haciendo la desentendida (sus gobiernos, congresos, centros de ciencia y educación, fuerzas de seguridad y de mercado). Estos pueblos han sido, durante siglos, campeones de la sobrevivencia. Por qué no habrían de serlo ahora, en lo que el libro llama “cuarto ciclo” de la colonización de estas tierras y sus pueblos, que esta vez amenaza la viabilidad de México en su totalidad. Y a juzgar por el estado de sus instituciones y estructuras de gobierno, educación, justicia, trabajo, ese México mayoritario y nacional ante el apremiante reto “aparece impreparado, casi inerme, desconcertado, amedrentado”. Bien harían todos en escuchar de otro modo a los pueblos indios, dejar atrás el instinto predador —herencia de la conquista— contra los indios, sus cosas, sus territorios, sus saberes y recursos, sus cabelleras. Admitir que sólo reconociéndolos como parte esencial de México, y a la vez permitiéndoles gobernarse y seguir sus imperativos civilizatorios (que por fortuna son otros), eso que llamamos México todavía podrá detener el proceso de desintegración que ante nuestros propios ojos lo desvanece en el aire, el sucio aire del futuro que nos quieren imponer.

El inconveniente indígena

La confirmación de la “diferencia” de los pueblos originarios, más extendida e intrincada de lo que aceptan los Estados nacionales del continente, particularmente México, es un factor clave en la actual crisis del sistema imperante y su civilización global. Imprime la paradoja de que, “mientras los Estados se abren al exterior, sus ciudadanos descubren sus identidades de diversos tipos para enfrentar los embates” del desmembramiento. Ubica la lucha indígena contemporánea en el contexto del “agotamiento de pacto social surgido de la revolución de 1917”. Uno de los efectos “no deseados por los impulsores de la apertura económica es que ha reforzado las identidades en él existentes”. Para llegar al punto emprende un recorrido sucinto pero completo de la evolución del modo como se interpretan las garantías humanas a partir de la Revolución Francesa, que postulaba la igualdad entre los hombres. Recorre el desenvolvimiento de las leyes internacionales y las mexicanas; la visión liberal del siglo XIX en la que la diversidad no tenía sitio; la explosión agrarista del siglo XX, y la tardía aparición del concepto mismo de indígena en las leyes nacionales a partir de la última década del pasado siglo.

El grueso de la comprehensiva reseña de López Bárcenas se centra en estos años últimos, cuando la demanda de libre determinación de los pueblos indígenas se generalizó en todas las localidades del país que son asiento de las decenas de pueblos originarios que tenemos, con sus lenguas, sus conocimientos agrícolas y de relación con el mundo material y mítico. El desafío al Estado, justo cuando viraba inconteniblemente hacia la desnacionalización globalizadora y el acatamiento absoluto de las leyes del mercado, ha sido formidable en los pasados 25 años. El omnipresente reclamo de “autonomía” ha unificado el discurso organizativo de los pueblos, que además se han puesto en contacto entre sí a nivel nacional como nunca antes, de manera que el Estado está obligado a considerarlos como tales.

La reivindicación práctica del autogobierno, la defensa territorial, la participación política y la relación armónica con la naturaleza recibió un impulso catalizador con el levantamiento zapatista de 1994 y el desarrollo filosófico, jurídico y programático que lo siguió. Un momento central fueron los diálogos de San Andrés Sakamch’en (1995-1996) y la firma de algunos acuerdos. Contra lo contemplado por el gobierno, las pláticas se dieron no sólo con la comandancia del EZLN, sino con representantes de los principales pueblos indígenas bajo la figura de “asesores”. Es historia conocida. La delegación gubernamental firmó con todos ellos en abril de 1996 los Acuerdos de San Andrés, y no dejó pasar ni un día para desdecirse e incumplirlos descaradamente.

Los argumentos oficiales eran falaces, eso lo comprendieron las representaciones indígenas. Los zapatistas confirmaron el carácter traidor del Estado priísta, y tomaron la determinación, afinada en los años posteriores, de aplicarlos unilateralmente como ley. Se desarrollaron los municipios autónomos rebeldes que en 2003 desembocan en las originales figuras de Caracol (centro de gobierno regional) y Junta de Buen Gobierno, una para cada Caracol.

En el mismo año, 1996, el impulso de San Andrés llevó a la fundación del Congreso Nacional Indígena, que pese a sus limitaciones y complicaciones, era y sigue siendo el principal conglomerado independiente de pueblos originarios (no organización, aunque participan organizaciones de pueblos, así como pueblos y comunidades en sí). Pero todo estaba conmocionado; el Estado debió seguir enfrentando el inconveniente indígena, ensayando nuevas leyes, siempre listo a diluir las exigencias de los pueblos. En tiempos de Zedillo se acusaba a los indígenas de pretender “balcanizar” al país. El nuevo milenio ha demostrado, en breve tiempo, que son el Estado neoliberal y la criminalidad generalizada los que están partiendo a México, y que uno de los pocos antídotos efectivos contra ello es la persistencia organizada y autogestionaria de los pueblos indígenas.

Esto es justamente lo que los poderes estatal y empresarial temen: que al consolidarse los pueblos, fracase el despojo que se les tiene destinado en favor del libre mercado y la extracción exhaustiva de los recursos que haya (agua, metales, energéticos, riquezas botánicas, sitios turísticos), así como incontables y brutales obras de urbanización, aeropuertos y carreteras. Para tales proyectos, los pueblos, sus derechos, sus demandas legítimas, su vocación pluricultural, son más que un inconveniente; son un enemigo.

Este libro nos conduce por las sucesivas reformas constitucionales, que cada que parecen dar un paso en la dirección correcta de justicia y sensatez, dan grandes saltos para atrás. Las autoridades sabotean sus compromisos con reformas constitucionales y reglamentarias que significan la continuación de la guerra de exterminio contra los pueblos, por otros medios. Si su plan es el despojo, no pueden permitir leyes que, al proteger los derechos de los pueblos, les echen a perder el negocio.

Por lo demás, Autonomía y derechos indígenas en México confirma a Francisco López Bárcenas como el analista, historiador y pensador jurídico en la materia más original, y quizás el más importante del país, así como uno de los más relevantes en América Latina. Prolífica y fructífera, su obra es tan enriquecedora como los movimientos y pueblos que la inspiran.

contraPor Hermann Bellinghausen, 14 de Diciembre del 2015.

Fuente: Ojarasca

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