TRES CEREMONIAS

Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

15 junio 2020 

Desinformemonos

Hace 15 años, entre el 5 y el 6 de junio de 2005, Pedro de Haro, maraka’ame y cantador del pueblo wixárika, pasó a un plano desde donde sigue acompañando a su pueblo y a quienes tuvimos el regalo de conocerlo y vivir con él algunas aventuras: algunas dramáticas y otras casi cómicas, pero siempre cargadas del ámbito desde donde todo se mira.

Hoy con este texto lo recordamos no sólo yo que escribo sino todo un grupo que no hay siquiera que nombrar. Sabemos que vivimos con él y a través de él muchos horizontes. Y él, desde entonces, supo bastante de lo que ahora vivimos.

Aquí, revivimos tres ceremonias donde estuvimos junto con él.

Pedro de Haro

En lo que parecería una de esas sincronicidades o “causalidades” que tanto celebraba Julio Cortázar y que la teoría junguiana describió con cierto detalle, una veintena de autoridades tradicionales wixárika de San Sebastián, Jalisco, más representantes comunales de los nahuas de Tuxpan, de San Luis Acatlán, Guerrero, y de Milpa Alta y Atlapulco en el Valle del Anáhuac, velaron el sol —del ocaso a las primeras luces de la aurora— en uno de los tantos parajes que hasta nuestros días los pueblos indios de nuestro país reivindican como sitios sagrados y que son parte de su territorio religioso. Eso ocurrió el 31 de mayo de 2002.

Sincronicidad o causalidad porque no resulta fácil explicar cómo su ceremonia, motivada por el temor que crece en las comunidades indígenas y campesinas mexicanas ante la desfiguración genética del maíz, vino a coincidir en días con una reunión, organizada por Pugwash, famosa asociación de investigadores preocupados por los alcances y límites del quehacer científico, que se llevaba a cabo en El Jardín Botánico de la Universidad Nacional Autónoma de México y que abordaba, entre variados asuntos, la contaminación del maíz nativo mexicano con variedades transgénicas del mismo.

Quizá sea que por su parte, los pueblos indios se preocupan por defender el maíz, el ámbito sagrado en el que se le venera, los saberes ancestrales que lo hicieron posible y el margen de autonomía que les otorga sembrarlo para sus propias comunidades, lo que les permite fortalecer su lucha por el reconocimiento de sus derechos colectivos, su autogobierno y sus particularidades históricas mientras emprenden otras defensas (como la del agua, el bosque, el territorio) y sus propios proyectos de desarrollo sustentable y autogestionario. Mientras, una comunidad científica poco conocida para la opinión pública, sometía a debate (en su propia lógica y método) los posibles riesgos o ventajas de la ingeniería transgénica, las repercusiones que estos desarrollos tecnológicos pueden tener en cultivos como el maíz, y los límites o libertades que pesan sobre la investigación aplicada. Y que hoy están cada vez más en entredicho.

Ya desde 2002 era claro que, con variadas aproximaciones y valoración del saber, el maíz (y la milpa) sigue siendo hoy en México el punto álgido de varios debates y temores entrecruzados. Pero también es el corazón de una resistencia muy concreta en busca de no pedirle permiso a nadie para seguir siendo lo que son.

La ceremonia. Los promotores de la ceremonia propiciatoria que pudiera permitirle al maíz (persona, divinidad, ancestro, alimento, medicina, razón de la existencia) sortear todos los embates que hoy enfrenta, fueron las autoridades tradicionales del pueblo wixárika o huichol (como se le conoce), un pueblo para el que el maíz —junto al fuego, al jícuri y al venado—, es centro de una religión ancestral que se mantiene viva. Los wixaritari, al igual que un cúmulo de pueblos mesoamericanos, han desarrollado el maíz durante por lo menos nueve mil años de cuidado junto con los saberes de custodia, intercambio, cruza y cultivo, de conservación de semillas nativas. Nueve mil años de acompañamiento mutuo, que hacen decir a los wixáritari que sin las semillas de maíz, no serían, no existirían.

Con el ocaso del sol, los oficiantes llegaron a un promontorio desde donde se dominan los valles aledaños. El viento corría veloz entre las piedras y los tuvo ocupados un rato con el fuego, sin el que velar el sol no podría ocurrir. Don Pedro de Haro, maraka’ame y una de las autoridades morales más importantes para su pueblo, mandó hacer desde antes meses una piedra que sería la ofrenda central junto a monedas de diez pesos pegadas a la piedra con el águila hacia el frente, mazorcas de maíz azules, moradas, amarillas, pintas y blanquísimas, sus títulos agrarios, los sellos de la comunidad, velas encendidas, tejuino (una bebida tradicional de maíz fermentado) y cualquier otra cosa considerada propiciatoria.

En momentos delimitados que los llevaron a raptos de unos diez a quince minutos, los cantadores invocaron “los poderíos sagrados”, “el gobierno natural” que los hace uno con todo, mediante hipnóticos fraseos que se empalmaban con los contracantos de una especie de coro, con el rasguido sincopado de una guitarrita huichola mientras el horizonte y la luna servían de recipiente para la textura pastosa y fluida de un violín. Como contrapunto adicional, las campanas de una iglesia invisible y distante fueron configurando una melodía que hora a hora agregaba algunas notas hasta que, hacia las doce de la noche, hizo sonar completo el motivo central del Ave María de Gounod.

Cuando el canto se adormilaba, la plática entre los participantes fluía a partir de las historias contadas por Pedro de Haro, y las discusiones sociales, políticas y anecdóticas que dieron vuelta en voz de quienes en representación de sus pueblos y comunidades se encontraban con el pretexto de lo sagrado y que hoy buscan más y más compartir las preocupaciones propias de diferentes regiones y los asuntos nacionales que los hermanan.

Al despuntar el alba, el fuego que brilló entre las brasas como lenguas azules, fue apagado al momento en que la bola roja del sol asomó entre los montes, momento en que se ofrendaron los objetos dispuestos y se bendijo a los presentes.

La visión de conjunto. Para los huicholes, a fin de cuentas quienes invitaron a la ceremonia, entrar al tiempo de lo sagrado los sitúa de inmediato también en el ámbito de lo político, en el universo de la resistencia. No sólo reivindican una religión propia, sino que esta reivindicación anuda la defensa del territorio, la valoración del agua, la cultura comunal y las prácticas milenarias del cultivo. Su defensa del maíz, algo que comparten con los otros pueblos y comunidades presentes, no es “culturalista” sino integral. Saben que defender el maíz es defender toda su vida, su sentido comunitario, sus derechos como pueblo: su autonomía. Hacer ofrenda, en este caso, es propiciar un encuentro en el que se van tejiendo alianzas y reflexiones compartidas, y saben, que ante la negativa de dos de los tres poderes a reconocerles existencia y equidad ante la ley, tejer esos vínculos (de todo orden) es fortalecer un camino común que los poderes mundiales se empeñan en desaparecer, o por lo menos desfigurar. Por eso declaran, en voz del maraka’ame Pedro de Haro:Cuando llegaron los españoles los pueblos indígenas los recibieron amablemente y ellos les quitaron todo. Esta historia se ha repetido mucho, pero la diferencia es que ahora nosotros sabemos valorar, respetar y cuidar lo que tenemos, así que los saqueadores y los comerciantes de lo nuestro se tienen que ir enmendando pues ya no los dejaremos hacer lo que les plazca. ¿Cómo alguien va a vender lo que no es suyo? Eso de que vengan a plantarse aquí, en lo nuestro, ya no será posible, pues así nos lo dice nuestro sueño colectivo de miles de años. Todo lo que tenemos es prestado, la inteligencia es prestada, la economía y la vida son prestadas también. Eso es lo que no quieren entender quienes han querido destruirnos, quienes no entienden nuestro gobierno natural, por eso nos niegan nuestros derechos y pretenden ahora desfigurar nuestro maíz, comerciar con la vida que nosotros tanto hemos cuidado. La vida es de todos, la vida es sagrada, nadie debe comerciar con ella, nadie debe patentarla”.

Una segunda ceremonia. Dos años después, don Pedro de Haro volvió a soñar que era importante hacer una nueva ceremonia. Lo extraño es que desde el principio, su sueño le indicó que ésta iba a ser difícil porque el viento estaba enojado con él. Y estaba enojado porque había estado curando, limpiando, a poblaciones enteras, en el norte del país, de donde venía agotado, sin poder levantarse por días, porque toda la energía que don Pedro extraía y canalizaba a través de su cuerpo, era difícil fluirla y desecharla.

Al pensar que era importante, crucial, la ceremonia, dijo al grupo de amigos y amigas cercanos que lo cuidaban y aprendían de todo lo que él decía: “El mundo está muy descontrolado. Viene un desequilibrio que se sufrirá si no se paga a la Tierra lo que se le debe. Vendrán avisos para la conciencia, pero la gente no quiere entender: tal vez un temblor o las tantas lluvias que arrasan siembras, labores, casas.

”Al gobierno le convienen esas catástrofes porque de ahí mete sus programas. Para el gobierno la catástrofe es negocio y aprovecha para meter sus papillas, las semillas transgénicas, pura basura. A eso se debe que haya más desobediencia de la gente. Nomás van a lograr que esa desobediencia se venga más fuerte.

”El gobierno que hay ahora no es gobierno —va contra la corriente— y se va en la tentación del dinero, o a la pura venganza. Pero no se dan cuenta que todo el dinero es prestado. El día en que la Tierra les levante la canasta ya no van a hallar cómo hacerle.

”Los que ahora se sienten poderosos comenzaron por la droga que llegó al mundo hace unos años e hizo aparecer de repente mucho dinero, pero todo ese dinero se debe. ¿Cómo se sostiene la ciudad, así tan grande como es?, pues gastando. No produce nada qué comer. En el campo la gente come lo que cultiva. A ver, cómo se van a mantener en la ciudad cuando no haya quién produzca qué comer.

”Estados Unidos está con la misión de acabar con todo para tenerlo todo. Son los amos de la destrucción, del gasto, del consumo, pues. Por eso siempre están peleando por lo ajeno. El verdadero terrorista ahorita es Estados Unidos.

”En México los políticos andan en un zarzal y no saben cómo hacerle. La nación no tiene directriz. Dicen que quieren defender a los pueblos pero qué van a defender —si están queriendo venderlo todo. Realmente se le hizo un mal a las leyes con la reforma al artículo 27 constitucional”.

Finalmente la ceremonia se pactó, se hicieron los preparativos, se buscaron los contactos con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con la gente del sindicato oriunda de la región y con conexiones profundas con los núcleos tradicionales nahuatlatos en las inmediaciones de Teotihuacan, y la gente de muchas regiones con vínculos con el Congreso nacional Indígena se apersonaron junto con don Pedro y tres maraka’ate más que cantarían junto con él para apoyar la difícil ceremonia. Un tránsito que, don Pedro vaticinaba iba a estar cruzado de viento y lluvia, porque ahí él tenía que probar que no se iba a quebrar la entereza de la gente. Que sí estaba preparada la población mexicana para enfrentar lo que fuera que viniera a amenazar el maíz, la milpa, las semillas, los saberes ancestrales.

Al lugar llegó la gente, y fueron juntándose en la cúspide de la pirámide del sol, como en la vez anterior. El sol caía entre nubes negras que encapotaron el cielo tan súbitamente que no dio ni tiempo de montar las lonas que se traían en previsión de los vientos y las lluvias.

En rachas arremolinadas e intensas, la tormenta golpeó a los participantes, volando casi horizontal tiraba cosas, platos, sillas, y la gente se cubrió con lo que pudo, hincada, acostada, hecha bolita, buscando hacer grupos para resistir los embates del viento y la lluvia empeñados en derribar a la gente que se posaba en las alturas de ese templo sagrado. Hubo quien se refugió debajo de la gran lona de plástico roja y quedó sepultada por horas, calientita y seca, hablando en la penumbra mientras escuchaban lo que ocurría afuera, frente al fuego, que no se apagó ni un instante gracias a las habilidades de los wixaritari para ser lumbreros en cualquier circunstancia. Don Pedro se mantuvo sentado en su silla increpando los vientos y las aguas, invocando el fuego y la tierra, la profundidad de la semilla del mundo, hasta poder conciliar los nudos del entrevero presente en ese sitio. Lo acompañaron varios que no cejaron con él, ante las ráfagas continuas que duraron literalmente horas.

Tarde o temprano escampó. La lumbrada cobró fuerza y el canto acompañado por raweris y kánare estableció las historias enhebradas donde quienes llevan la ceremonia tienen que intentar nombrar al mundo desfasado, cambiando los nombres de los objetos pero con una lógica intachable, pero secreta, que quienes  cantan tienen que respetar sin equívocos so pena de transgresiones difíciles de pagar y re-equilibrar.

Algunas muchachas presentes, un poco ingenuas, que llevaban sus jaranas y que cantaban sones jarochos y canciones rancheras con letras de hermandad, y una suerte de cristianismo peyotero, pensaron que era fácil proponerle a los oficiantes hacer el “una ustedes y otras nosotras”, como muestra de apertura e interculturalidad, sin medir en realidad, la difícil trascendencia en la que los oficiantes estaban embarcados.

Pese a todo, los maraka’ate les dejaron cantar una o dos canciones y después no dejaron de cantar por horas, siguiendo una lógica secreta, escatológica, cargada de simbolismos y alusiones eróticas, cargada de dobles sentidos en su desfase de su bizarra lógica.

Por fin cumplieron. Y la alborada comenzó a calentar a todos y todas, que sintieron el sol subir y saludar y secar y restañar mientras se cocinaba algo de té de monte y tamales.

Ya cuando la zona arqueológica tuvo que abrir, todo mundo bajó y salió a desayunar a los restorancitos y fonditas de los alrededores. La gente estaba contenta y don Pedro, aunque agotado había logrado domar los potros y potrancas broncos que le habían enviado de los cielos.

La tercera ceremonia: la despedida. Un año después, el domingo 5 de junio de 2005, falleció en Guadalajara, Jalisco como a los 84 años de edad. Su vida fue leyenda en la sierra Huichola al grado de que en su sepelio muchas personas que fueron a despedirlo seguían con pendientes que hubieran querido hablar con él para que los aconsejara y les ayudara a entender y ser mejores. En verdad murió siendo una respetadísima autoridad moral de su pueblo. En su despedida a los pocos días de muerto en su casa de Ocota de la Sierra, la gente vio un águila que estuvo presente toda la velada y que sobrevolaba el patio donde tantas veces la gente conversó con él. Hubo relámpagos y nubes luminosas cruzando el cielo. En la cocina la birria fue finita como él pedía.

Había nacido mestizo. Pero habiendo perdido a sus padres, y al ver que seguía viviendo solo cuidando sus animales en el monte, llamó la atención de un sabio maraka’ame de entonces, Bartolo Chibarras, que lo formó en la cosmovisión wixárika. Su vida entera contradice los supuestos etnográficos que sitúan en la raza o en la sangre la pertenencia a un pueblo. Vivió y murió como el más huichol de los huicholes.

En su juventud defendió las tierras de la comunidad de San Sebastián de los invasores ganaderos de Puente de Camotlán y Huajimic. Entre 1948 y 1953, los sebastianeros encabezados por él lograron hallar sus títulos virreinales y que se emitiera la Resolución Presidencial de sus bienes comunales. Su movimiento denunció las anomalías de la venta de terrenos que los militares de entonces quisieron imponer cuando el presidente Ruiz Cortínez decretó la ley de terrenos nacionales. Entonces los sebastianeros emprendieron campaña contra los rancheros de Puente de Camotlán que desde 1927 habían llegado a la región en la desbandada cristera a rentar e invadir tierras huicholas. San Sebastián logró la resolución presidencial y don Pedro fungió como primer comisariado de bienes comunales. Pero los rancheros cobraron venganza y con mañas lo metieron a la cárcel.

Pasó casi dos años recluido, pero nunca le pesó porque con el movimiento de entonces los wixaritari reinauguraron una defensa de su territorio que continúa hoy y data por lo menos de mediados del siglo XIX, cuando junto con coras y tepehuanos formaron ejército con Manuel Lozada en una rebelión (paralela a la guerra de castas en Yucatán) que estuvo a punto de tomar Guadalajara, en defensa de la tierra y contra la desamortización que diezmó territorios indígenas en todo el país.

Al ser liberado, trabajó fortaleciendo las estructuras internas, tradicionales y agrarias, de la comunidad. Fernando Benítez lo entrevistó largamente para uno de los tomos de Los indios de México. Fue parte de los fundadores de la Sala del Gran Nayar del Museo de Antropología e Historia en la ciudad de México.

Ya grande, insistió en recuperar tradiciones y ceremonias que se habían ido perdiendo y trabajó como curandero de personas y de parajes y manantiales, de la vida toda, comprometiendo su ser más íntimo en lograr el equilibrio de las fuerzas naturales y humanas.

La última vez que lo vimos con vida fue una noche ya tarde como a la 1:30 de la mañana en su caserío de Ocota de la Sierra. Había cuatro lumbradas prendidas en su patio y él estaba sentado escuchando, como siempre hacía, la radio de onda corta. Y lo primero que nos dijo fue: cómo se tardan muchachos, como si sintiera que íbamos a llegar, y agregó: están bombardeando Irak, es increíble que ni siquiera ven a quiénes les avientan bombas. Todo es por computadora. Y entonces le preguntamos: cómo está don Pedro. Y respondió: bien, pero azorado; aquí pensando cómo sale tanta gente a seguir a alguien que no dice a dónde va o qué quiere, es alguien sin claridad: en la radio hablaban de la multitud que había salido a apoyar a López Obrador en mayo de 2005. 

Así fue su vida. Enhebrando su cuidado de todo, desde lo más local hasta las argumentaciones complejas de la geopolítica mundial, y de lo más concreto y práctico como los modos de cuidar y mantener los diversos maíces hasta los problemas de lo sagrado y las fuerzas de la naturaleza que venían al mundo en diferentes días y horas y había que corresponder y celebrar.

Alguna vez dijo: “estamos ganando la batalla por la tierra, pero de nada nos sirve si no ganamos la batalla de lo humano”. Sí. Luchó toda su vida por cuidar el mundo mediante saberes tradicionales, por reivindicar los derechos de los pueblos, por la autonomía, por la vida campesina. Pero más le importó que otra gente sintiera la urgencia y el gozo de la rebeldía y la lucha. Creemos que logró todo lo que se propuso.

Ramón Vera

Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca y Grain

desinformemonos.org

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